Abro los ojos. La luz de la mañana se filtra a través de la cortina iluminando tenuemente la habitación todavía oscura en la que hemos pasado la noche. El intenso canto de los pájaros atraviesa el cristal de la puerta corredera de la terraza que da al bosque. Es lo único que se escucha en esta fría mañana de marzo en la habitación 204. En ese instante, condicionado por el devenir de los tiempos, nos imagino en el mismo lugar muchos años después, en un futuro no tan lejano.
La habitación está mucho más deteriorada, pero a pesar del abandono y los saqueos se conserva decentemente. El colchón, ya sin blancas y limpias sábanas, se ha salvado de la humedad porque la habitación se mantuvo cerrada todo este tiempo tras el desmoronamiento. Dormir aquí, con el saco, es todo un lujo después de semanas de viaje, pernoctando al raso a lo largo de un camino hacia ninguna parte.
La terrible actualidad del mundo nos condiciona. Conocer la fragilidad de nuestras sociedades con el detalle que proporciona el oficio periodístico, me provocan pensamientos que para la mayoría serán aterradores ¿Por qué, sin embargo, a mí me invade cierto sensación de libertad? ¿He perdido la cordura? ¿A caso soy masoquista? La respuesta a la que he llegado, como todo en la vida, es mucho más compleja.
Confieso que materialmente no me falta de nada: tengo las necesidades básicas cubiertas, puedo afirmar que soy feliz la mayor parte de mi existencia y me siento en total plenitud. La paradoja, como señala el sociólogo Emmanuel Rodríguez, es que quien hoy se muestra consciente y sensible a la catástrofe, es muchas veces quien todavía disfruta de una posición social más o menos plena. Es mi caso. No obstante, detrás de esta inclinación se esconde algo más que puro esnobismo formateado por una visión progre.
Ver que la vida-mercado destruye el territorio en el que he crecido, la lengua y cultura que me han dado tanto y que convierte en pesadilla la existencia de millones de personas genera picos difíciles de asimilar ¿Manifestar esto es una muestra de debilidad? ¿De superioridad moral? ¿Falsa modestia, quizás? Negarlo y dar la espalda para evitar afrontar esta situación me es imposible. No busco polemizar, solo exponer unos hechos que me impiden hacer la vista gorda. Una vez asumido este precepto ¿Qué más puedo decir sobre esta pulsión?
Durante el atardecer del día que ocurrió el apagón, cuando Mallorca también se quedó por unas horas sin red telefónica ni WiFi, sentí cierta liberación. Menos control. E imaginé cómo sería vivir siempre así. Esto mismo se lo transmití en un mensaje privado a Amador Fernández-Savater tras leer un inspirador artículo de urgencia donde reflexionó sobre aquel día.
“El apagón nos mostró otra idea del mundo, otras posibilidades de existencia. No una “naturaleza buena” por debajo de la vida-mercado esperando a ser liberada, sino otras potencialidades que han de ser consumadas”, escribió, porque la “hipótesis Mad Max” se desmoronó. “La gente se activó, como ha ocurrido en catástrofes mucho peores, para estar, para ayudar, para cooperar”, señaló el filósofo. “La experiencia vivida colectivamente esas horas no duró, evidentemente, pero dejó entrever algo: percibimos otra cosa, furtivamente, que luego se extinguió. Pero basta para probar que ese algo puede existir”, concluyó.
Frente al discurso egoísta del todos contra todos, Rebeca Solnit, en ‘Un paraíso en el infierno’, recopiló historias de apoyo mutuo y autoorganización tras grandes desastres, incluso de gente que confiesa haber vivido estos periodos intensamente felices por sentirse a salvo en medio del caos. Resulta estúpido creer que un futuro distópico sea mejor que nuestro presente, pero como ya ocurre hoy, lo esperanzador y lo terrible se darán a la vez ¿A caso no opinamos desde el sofá sobre la legitimidad de que maten a civiles lejos de nuestro hogar para garantizar nuestro modelo de vida? La privilegiada amnesia colectiva tras décadas de paz en Europa, dificulta entender qué es una guerra.
Todo este asunto se reduce a una falta de creatividad. Desde la derrota histórica de los años setenta –en parte se ganó en el plano cultural, pero se perdió mucho más en el económico– es imposible creer en un horizonte de Progreso. Es un Dios muerto, pero seguimos hechos de los materiales de un mundo que ya no existe. “Es más fácil imaginar un fin al mundo que un fin del capitalismo”, como dijo Mark Fisher. Esta profunda crisis de ingenio humano nos lleva a un atolladero. “La imaginación siempre está, aunque aparentemente parezca muerta, siempre está”, recuerda Jacobo Siruela ¿Cómo resucitarla cuando el sujeto transformador de las sociedades –la juventud– nunca antes ha sido tan minoritario y, encima, hoy se mueve entre la indiferencia absoluta y la extrema derecha? Sufrimos una parálisis creativa colectiva.
Al igual que sobrevivir no es suficiente –y de ahí la necesidad del arte para ampliar existencias abocadas a la bestialidad– vivir en nuestras decadentes sociedades de consumo requiere desarrollar una sensibilidad que contrarreste el efecto anestesiante que produce la publicidad, la política representativa circense y los algoritmos. La cultura y el pensamiento crítico intensifican nuestro ser para no sucumbir a la rutina psíquica y la apatía de la vida cotidiana absorbida por el capital. Imaginar, compartir y actuar ¿Cómo reactivamos esta fórmula?
Usar la belleza con obstinación
“Sobrevivir no es suficiente”. Ese es el mensaje que lleva una de las caravanas de la Sinfonía Viajera, la compañía itinerante de actores y músicos que recorre los asentamientos de los Grandes Lagos en la postapocalíptica novela y serie Station Eleven. El teatro como la forma de arte más resistente al fin de la civilización: no necesita electricidad y crea comunidad allá donde se representa. El dramaturgo Friedrich Schiller llamaba a este acto de usar la belleza con obstinación «educación estética»: el ser humano solo lo es plenamente cuando crea arte, porque en ese momento es libre de las necesidades físicas.