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De la muerte de la utopía al nacimiento de la esperanza en la distopía

Por Kike Oñate

Ilustración Pskee

> Aviso Contiene spoilers

“Las películas de los setenta no dependían de las modas, reflejaban perspectivas personales. Tenían algo que contar”, afirma el talentoso actor Josh Brolin en 1975: El fin de una era. “Querían ayudar a la gente a comprender por qué la sociedad estaba tan jodida”, añade el productor Peter Bart en este documental que explora el año culmen del cine más singular, libre y desafiante que ha dado la historia. 

Taxi Driver, Nashville, Network, Alguien voló sobre el nido del cuco, Todos los hombre del presidente, Chinatown o Los tres días del cóndor explicaron ese momento. “Todo se desvaneció. Las viejas costumbres desaparecieron y creamos un nuevo mundo”, recuerda el cineasta Martin Scorsese sobre el impacto que tuvo la contracultura. “Fue el año en que Estados Unidos estuvo cerca de decir: ‘Yo también tengo defectos’. Y, por un breve instante, el cine y la cultura pop fueron capaces de reconocerlo, pero fue demasiado para nosotros y decidimos mirar para otro lado”, resume Patton Oswalt, a lo que el crítico Wesley Morris añade: “Queremos la mentira porque nos hace sentir bien. Queremos héroes y un final feliz. Apagar el cerebro”. 

La sociedad apostó por autoengañarse votando, como no podía ser de otro modo, a un actor del Viejo Hollywood deseoso por conseguir un gran papel. Desde la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca, Estados Unidos, y por extensión el resto de sociedades americanizadas, como la española, tratan de vivir su propio sueño. La historia fue interrumpida para no afrontar una realidad que ahora, medio siglo después, se manifiesta con mayor violencia: crisis climática, democrática, social, energética. El desmoronamiento de un modo de vida que se creía eterno, pero que tiene fecha de caducidad como los estúpidos productos que nos acosan a través de la pantalla del móvil. 

Lo que hoy leemos, hablamos y escribimos ya se advirtió en aquellos años. La mutación metafísica que impulsó la contracultura en todo el mundo murió por hostigamiento gubernamental y asimilamiento capitalista. De una generación del nosotros pasamos a una del yo. Y lo que ha surgido de ahí es terrible: pérdida de comunicación entre seres humanos. El sueño inducido por el consumismo, en realidad, era y es una pesadilla. Y ante las pesadillas a uno solo le queda la opción de despertar o seguir agonizando sin poder abrir los ojos. 

De la libertad perdida a la resistencia colectiva 

Las ‘road movie’ Easy Rider (1969) y Sirāt (2025), con casi medio siglo de diferencia, también son de esas raras películas que describen una era. Si la primera explicó la muerte de la utopía, la segunda muestra el nacimiento de la esperanza en la distopía de nuestro presente. En ambos casos el desierto es el único lugar de libertad suprema que queda, tal como los moteros Dennis Hopper y Peter Fonda muestran atravesando el Oeste americano al ritmo de Born to be wild. 

Ahí es posible el sueño jeffersoniano del granjero dueño de su propio destino que les invita a comer: “No todo el mundo puede vivir de la tierra; usted hace el trabajo cuando quiere, es para estar orgulloso”, le confiesa Fonda. En ese territorio aparentemente ajeno al control del Estado y las corporaciones también es realizable la vida en comuna, pero Hopper, director del film, que siempre fue un republicano de estética hippie, deja entrever que está abocada al fracaso. De lo que no reniega es del amor libre. ¿De verdad sólo nos queda eso de la revolución contracultural? Todavía no habían ocurrido los asesinatos de la Familia Manson, que fulminarían la inocencia de los sesenta y nos conducirían a la crítica de Michel Houellebecq sobre cómo la liberación sexual sin amor nos ha inducido en la apatía existencial.

El desierto, en cualquier caso, incita a soñar. No es el caso de Sirāt, sembrado de minas por una guerra fruto de un conflicto, el saharaui, que ni los protagonistas conocen. Es lo más realista de la película: la absoluta ignorancia fruto del pasotismo. Desde la crítica de izquierdas esto se ha interpretado como un desprecio hacia una lucha justa y olvidada, pero la cruda verdad es que ese desconocimiento es totalmente plausible. Por mucho que el guion pueda estar influenciado por una financiación marroquí de la película con intereses geopolíticos. Los raveros de Oliver Laxe creen que el desierto es un lugar libre de control, pero la muerte que les acecha demuestra que ese deseo es una ilusión. 

Easy Rider confirma cómo el sueño contracultural murió en una carretera sureña por los disparos de la escopeta de un redneck, mientras en Sirāt el final en ese tren lleno de refugiados es una apertura, aunque sea hacia la incertidumbre absoluta. La única vida alternativa posible de un mañana muy próximo será la solidaridad de los desposeídos. La nueva experiencia no es la libertad individualista de la moto, sino la compasión en la vulnerabilidad compartida del vagón atestado entre gente anónima. Una “comunión de cicatrices”, como resume Laxe en sus entrevistas para definir a sus personajes, personas rotas, tullidas, a la deriva. Los supervivientes de Sirāt van hacia lo desconocido con una paz que solo da el haberlo perdido todo, en especial el ego narcisista, dominador, acomplejado, trumpista. Es una victoria metafísica dentro de una derrota material. La muerte del Homo Consumens. 

El desmoronamiento de este modelo de vida no es el fin, es otro empezar. Muerta la vía revolucionaria, agotada la democracia liberal representativa, surge otra oportunidad. Dolorosa, mortífera, sin duda. El colapso de la sociedad industrial como posibilidad efectiva para salvarnos de los hábitos autodestructivos de un consumismo que arrasa el planeta, a las personas, a uno mismo. Un momento para aniquilar la pulsión egocéntrica que busca el dominio sobre el resto de especies, el control de otras mentes y que como un virus conduce al ensimismamiento de millones de humanos que sufren estrés, ansiedad, depresión. 

Desplegar otra forma de vida

No habrá un Día del Juicio Final, el colapso está en marcha desde hace años, es una progresiva degradación de todo cuanto conocemos que se va produciendo de manera desigual en cada país, en cada región. “Se acerca el escenario que los analistas del mercado petrolero llevan temiendo desde hace décadas. No será agradable. Prepárense”, advertía en mayo The Economist, órgano ideológico del capitalismo, sobre las consecuencias que tendrá tarde o temprano el cierre del Estrecho de Ormuz. Aunque se llegue a reabrir, el mundo ya ha cambiado y no queremos darnos cuenta. Debemos tomar conciencia y desplegar otra forma de vivir individual y colectivamente.  

Los inmigrantes hispanos sin papeles de Otra batalla tras otra (2025), la película de Paul Thomas Anderson ganadora de seis Oscar, son el contrapunto al narcisismo de los exaltados revolucionarios estadounidenses blancos y negros, relegados a parodia. Mientras los primeros tejen en silencio una red de ayuda mutua para protegerse ante el gobierno xenófobo que los persigue, los segundos necesitan gritar quiénes son (¡somos el French 75!) cada vez que ponen bombas o atrancan bancos para luchar “contra el sistema” del que también forman parte. 

El neoliberalismo lleva cuatro décadas fabricando un nuevo tipo de ser humano: egoísta, competitivo, débil, quejica, superficial, vacío; todos lo somos, en mayor o menor medida, pero el modelo que dio vida a esta forma de ser fracasó en 2008 y, desde entonces, está mutando en una tecno-oligarquía que ahora empezamos a ver con mayor claridad. ¿Dejaremos que nos vuelvan a moldear o seremos capaces de ser lo que decidamos libremente?  

Frente a esto se requiere la organización de los hispanos en la oscarizada película, así como el autocontrol del sensei de kárate que interpreta Benicio del Toro. “Te diré lo que es la libertad: no tener miedo. Eso es lo que es”, le dice el personaje a un Leonardo Di Caprio a punto del infarto en un momento clave de historia. La calmada actitud que muestra durante todo el film es el punto que completa una estrategia apta para estos tiempos. «Frente a la prisa, la quietud; frente a la palabrería, el silencio; frente a las jerarquías, la sencillez; frente al poder, la amistad; frente a la producción enloquecida, la austeridad; frente al consumismo cultural, la belleza”, anotaba Javier Sáez de Ibarra sobre el pensamiento del escritor John Berger. Para lograr un poder comunitario inmune a la mercantilización de nuestras vidas se requiere domesticar nuestros deseos. La resaca del siglo XX enseña que hacia al inalcanzable horizonte de la utopía se debe caminar uniendo despertar personal y revolución social. Una cosa sin la otra está condenada al fracaso. 

Existe ya una tribu de personas esparcidas por el globo que practican esta vida alternativa, ya sea fuera o dentro del sistema. Gente corriente que en sus actos cotidianos muestra una firmeza de una radicalidad sorprendente, íntegra. Un colectivo gaseoso, imposible de encasillar. Seguro que has conocido a alguno de sus integrantes, que tampoco se reconocen como grupo ni buscan protagonismo. Su profundidad personal desborda cualquier etiqueta superficial y no responden a ningún canon. La apariencia física, la ropa, no les define. ¿Cómo se reconocen unos a otros? La señal es una mirada brillante y una conversación intensa. Hombres y mujeres libres que son un ejemplo a seguir para empezar a replicar desde ya antes de que llegue ese desastre que, tarde o temprano, de forma más o menos intensa, todos experimentaremos. 

Sirāt, que en árabe quiere decir «camino» o «sendero», en el Islam es el puente que todas las almas deben cruzar por encima del infierno para alcanzar el paraíso. Nuestra especie, que prefiere deambular ciega y dormida, puede que nunca antes haya estado tan cerca de caer a ese vacío, pero Dante ya nos demostró que incluso es posible salir del averno. 

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