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De la liberación sexual a la esclavitud de la apatía existencial

Por Kike Oñate y Óscar Fontrodona

Ilustración Raúl Barrilado

“La gente quería ser más libre, pero el precio de la libertad es la carencia de relaciones afectivas. La depresión. No tenemos motivación para hacer nada”, defendía Michel Houellebecq en una entrevista con Ajoblanco publicada en diciembre de 1999. “Hoy el mundo es más libre pero más duro”, afirmaba el escritor francés sobre las consecuencias de la liberación sexual en aquella conversación, disponible en nuestro archivo y que ahora adaptamos a formato digital para recuperar su lectura.   

El autor acababa de publicar Las partículas elementales después de haber saltado a la fama, en 1994, con Ampliación del campo de batalla. Uno de los libros más vendidos del año por el simple boca a boca. En ambas obras –a las que sumaría Plataforma en 2001– la premisa era tan clara como perturbadora: la revolución sexual de los años sesenta no fue un triunfo de la libertad, sino una extensión del capitalismo más salvaje en el ámbito de la intimidad.

“El liberalismo conduce a la desaparición de las comunidades intermedias, y por tanto, de la familia. En conjunto, estamos solos. Es el precio de la libertad”, señalaba en la conversación que salió publicada en el número 124 de la revista. 

Su tesis sigue siendo polémica porque cuestiona los cimientos del progreso social. Al atacar la libertad sexual, parece sugerir que la única alternativa es el regreso al orden represivo anterior. Sin embargo, su crítica resuena hoy con más fuerza que en los noventa porque la era digital ha exacerbado el mercado del deseo. 

Houellebecq sostiene que, al eliminar las trabas sociales (matrimonio tradicional, castidad o normas religiosas) se amplía un nuevo mercado. El protagonista de su primera novela, de hecho, hace una analogía brutal: mientras el liberalismo económico genera ricos y pobres, el liberalismo sexual crea ganadores (los atractivos, seductores) y perdedores (quienes quedan descartados por su físico o personalidad). La juventud, además, es una condición que juega a favor o en contra de ese intercambio. 

Entre los perdedores, todo esto deriva en suicidio, frustración sexual, misoginia extrema, discursos de odio y violencia física hacia las mujeres. Incluso llegan a asesinar. Houellebecq se adelanta así al fenómeno incel: hombres que culpan a las mujeres de sus fracasos amorosos. 

¿Por qué la libertad sexual imposibilita el amor? 

El autor defiende que el amor necesita tiempo, estabilidad y una renuncia a la búsqueda constante de “algo mejor”. “Una relación personal con alguien es siempre una disminución de tu libertad; por definición. Tal vez es cierto que solo eres libre cuando estás solo”, apuntaba en la entrevista. 

La obsesión contemporánea por el placer y el deseo de querer conocer a otras personas agota la capacidad de entregarse en profundidad. Las relaciones humanas se han convertido en una mera compra-venta expuesta en un supermercado a la espera de que se nos compre laboral, social y sexualmente. Esto último fomenta la frialdad y el cinismo como mecanismos defensivos ante la crueldad del potencial rechazo. 

“Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad”, comenta el protagonista de Plataforma. “Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia. Para colmo, estamos obsesionados con la salud y con la higiene: esas no son condiciones ideales para hacer el amor”, insiste, defendiendo que esto, a principios de siglo, no ocurría en los países del Sur Global. La incesante expansión del sistema consumista por todos los rincones del mundo probablemente haya cambiado las cosas. 

Si bien es indiscutible que el orden moral anterior subyugaba a la mujer, la liberación actual está desembocando en una nueva tiranía: la del vacío existencial. Hoy, incluso quienes no tienen dificultades para ligar, sufren la imposibilidad de construir un vínculo afectivo que trascienda lo puramente carnal.  

De ahí que la crítica del autor francés sea muy acertada. “El de Houellebecq es un proyecto —aunque a los bienpensantes les escandalice— humanista. Él no es el último humanista, pero sí uno de sus defensores postreros. Mal que le pese a alguien”, defendía en la revista Lo imposible José Carlos Rodrigo Breto, autor del ensayo Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano

El futuro no tiene que pasar por el regreso a ciertos comportamientos represivos del modelo anterior, como las tradwives. Tampoco debemos resignarnos a la soledad por incomunicación. La liberación sexual, en sus inicios, también fue una exploración de uno mismo con el resto, marcada por cierta inocencia juvenil y la búsqueda de una conexión íntima. Cultivar esa visión obliga a practicar una introspección autocrítica para evitar dejar un reguero de “cadáveres emocionales”; o, directamente, convertirte en otro fiambre más. Ternura, sensibilidad, empatía y espontaneidad: esa es la cura contra una apatía que nos lleva al fin de lo humano. 

Texto Kike Oñate

 

Michel Houellebecq

No te vayas, mamá…

Por Óscar Fontrodona

Publicado en el número 124 de Ajoblanco. Fotos de Óscar Fernández Orengo.

En Las partículas elementales, el francés Michel Houellebecq (1958) lanza una mirada feroz sobre el vacío vital de este fin de milenio. La novela es una crítica venenosa a Mayo del 68 y a la liberación sexual: de aquellos polvos vienen estos lodos. Su retrato de la vida moderna, sarcástico y brutal, no es nada agradable. Pero es una foto del monstruo que al final nos ha salido. Detrás del aparente cinismo reaccionario, late una desesperación sincera. Houellebecq nos está escupiendo en la cara.

Hace cinco años, Maurice Nadeau, venerable figura de la crítica literaria francesa, publicó en su minúscula y exquisita editorial la primera novela de un tal Michel Houellebecq. Se llamaba Ampliación del campo de batalla y testimoniaba con crueldad implacable cómo el capitalismo ha entrado hasta la cocina, cómo ha ocupado la esfera privada y el mundo de los sentimientos, cómo ha convertido el amor, el deseo y el sexo en parcelas de mercado. La crítica no le hizo el menor caso, hasta que la gente de veinticinco a treinta y pocos años la fue convirtiendo, boca a oreja, en su libro de culto.

La segunda novela de Houellebecq, Las partículas elementales, ya con otra editorial más importante, se ha convertido en el fenómeno editorial de la década en Francia, gracias a una audaz campaña de promoción. Favorita para el Goncourt, cuando el premio recayó en otras manos, Le Monde editorializó —artículo en ¡primera página!, de Josyanne Savignau— contra tamaña «injusticia». A partir de ese pistoletazo, Houellebecq, provocador insolente, aprovecha cada entrevista para enriquecer un personaje políticamente incorrecto. Cita a los periodistas en clubs de intercambio de parejas, donde vierte alabanzas a Stalin y el Papa («me divierte crear confusión», asegura). Mientras, sus compañeros de la revista Perpendiculaire le expulsan del consejo de redacción por derechista. Y otra revista, Art Press, una de las primeras valedoras del escritor, presta sus páginas a Guy Scarpetta para que «desenmascare» a Houellebecq como uno de los nuevos autores (como Dominique Noguez) que se sirven de una enorme carga de insolencia y descaro para reivindicar valores retrógrados. Son los «nuevos reaccionarios».

En fin, que durante meses en Francia no se ha hablado de otra cosa. No solo ha revolucionado el patio literario. Las partículas elementales ha dividido a los franceses, creando todo un debate nacional; ha sido tema del comité de empresa de Air France… Resultado: centenares de miles de libros vendidos. Todos han comprado su Houellebecq. ¿Y la crítica? Incómoda, desprecia la nueva entrega como «basura sociológica cruel»; pontifica que, literariamente, es mala. «La primera era mejor novela», me confiesa el mismísimo Jorge Herralde, de Anagrama, que ha editado en España las dos. Desde luego, Las partículas elementales no se sujeta a los cánones del género. Te presenta los materiales en bruto, por elaborar. Y, narrativamente, está tirada con cartabón: es una novela demostrativa; pone trama y personajes al servicio de una tesis que demostrar.

Lo importante es que Houellebecq pone el dedo en la llaga, donde más duele. Tiene la osadía de escribir lo que nadie se atreve. ¿Liberación de la mujer? Ja. ¿Liberación sexual? Je. Su ironía gélida arrea un seco puntapié a todo eso, al corte que supuso el movimiento por las libertades personales de los 60, y que tiene su emblema en el Mayo del 68: Las partículas elementales es un ajuste de cuentas. También una elegía por el amor y la fraternidad, es decir, ¡por el ser humano! «Este libro está dedicado al hombre»: es la última frase del libro, escrita con cariño por uno de los castrados de la «nueva especie» que va a sustituirnos, según el epílogo de ciencia ficción. Cierra una historia que arranca cuando una hippy abandona a sus dos hijos recién nacidos para largarse a California en busca de «su liberación sexual». La trama sigue las vidas de las dos víctimas del crimen de esa madre desnaturalizada, tan ocupada en hacer el amor libre que no tiene tiempo ni ganas de querer a sus hijos. La vida de los hermanastros se engarza con un recorrido —fechas, datos, nombres, situaciones, músicas…— por la transformación vivida por la sociedad francesa (léase la occidental) en la segunda mitad de este siglo.

Corren así parejas la inmadurez biológica y la de la sociedad, hacia el desastre. Cuando a los cuarenta y pico los personajes deberían tener una supuesta solidez, la torre cae porque los cimientos eran falsos. Un Occidente donde hace tiempo que ya no se sueña con una vida mejor se hunde en la depresión.

Houellebecq nos dice que ha sido peor el remedio —la liberación— que la enfermedad. Si la era de la libertad individual ha llenado el mundo de desesperación, ¿qué es lo que hemos hecho mal? El autor nos propone claves para entender dónde se empezó a pudrir nuestro mundo. Porque él lo da por podrido, por perdido, sin alternativa ni escape. La «salida» que sugiere, una mejora biológica de la especie vía clonación, suena a chiste. Las partículas elementales pasará a la historia como uno de los más claros alegatos del no futuro. Houellebecq es un depresivo, y no lo oculta. Tiene la lucidez de los neuróticos. El humor corrosivo de sus escritos viene desde la amargura, que se refleja en los ojos: ¡cuánto sufrimiento hay ahí! Un humor que solo puede transmitir mediante un texto. No tiene el sentido de poder compartir la risa, de reírse abiertamente. Sus risitas llegan agachando el cuerpo hacia abajo; a escondidas, literalmente. Suelta una gracia mientras se tapa la boca y se va debajo de la mesa a reírse; se quiere fundir de vergüenza. Con un cuerpo totalmente encogido, en un replegamiento de brazos y piernas, tímido hasta lo desagradable, cara a cara Michel Houellebecq es tan inhibido como el Michel Djerzinski que en la novela procura ver el mundo desde fuera. En sus ratos libres, es cantante de rock. «Es muy bueno para los tímidos. Porque les obliga a esforzarse». La entrevista es penosa. Tarda casi una hora en bajar de su habitación y, visiblemente adormilado a media tarde, me obsequia con una sucesión de bostezos e interminables silencios. El escritor no tiene facilidad de palabra, y el hombre no conecta con el otro. Si su libro habla de una gran ciudad donde la única posibilidad de comunicarse con el vecino es que se te escape el canario, Michel Houellebecq es la incomunicación. Un colega periodista cenó anoche con él. Al despedirse con un cortés «au revoir», Houellebecq le espetó: «No mienta. No nos volveremos a ver». «A menudo —me explica el escritor— la gente se dice cosas que son visiblemente falsas, con el propósito de aliviar la situación; yo no trato de hacerlo».

¿Por qué ha escrito una novela tan negra?

Es realista, sin más. No la veo tan dura.

El humor, ¿ayuda a aliviar el dolor?

No. Nos hace pasar el rato, pero eso es todo. En el fondo, es deshonesto. Es una interpretación cómica de acontecimientos que no lo son.

Se crió usted con su abuela. Con un padre ausente y una madre que lo aparcó para vivir la vida. Fue humillado en el internado de Meaux por niños violentos y crueles. Y ésa es la historia de Las partículas elementales. ¿Nos ha escrito su vida?

No de un modo consciente.

¿A qué hace referencia el título de la novela?

Al aspecto aislado, particular, de los individuos humanos.

¿Cuál es el tema de Las partículas elementales?

La posibilidad de la pareja… la imposibilidad.

Los dos niños abandonados del relato luego son incapaces de amar.

Ya, pero eso es normal.

¿Normal?

Sí, hoy el mundo es más libre, pero más duro.

Su novela critica la liberación de los 60.

No tengo simpatía por la liberación. Cuando eres libre estás obligado a luchar más. Y eso te cansa mucho. La gente quería ser más libre, liberarse de las trabas sociales. Y ahora es más libre. Pero no por ser libre se está bien. Lo que ha venido es depresión; sobre todo en Francia, donde están muy deprimidos. No tenemos ganas de hacer nada. Hemos perdido motivación.

Las partículas elementales presenta la familia y la pareja como las últimas pantallas que protegían al individuo del mercado, unas barreras destruidas por la liberación sexual.

Es lógico; ése era su objetivo. Europa se ha convertido en una subregión de Estados Unidos. El liberalismo conduce a la desaparición de las comunidades intermedias y, por tanto, de la familia. En conjunto, estamos solos.

Entonces, la carencia de relaciones afectivas…

Es el precio de la libertad.

¿Hay que renunciar a ella?

Una relación personal con alguien es siempre una disminución de tu libertad; por definición. No puede ser de otro modo. Tal vez es cierto que solo eres libre cuando estás solo.

Retrata usted la miseria sexual de fin de siglo. ¿Es culpa del sida?

No, el sida no ha cambiado nada.

Tendemos a pensar lo contrario.

Es un error. La gente se ha adaptado muy bien al condón.

Pero el condón no ayuda al placer.

Es verdad. Pero solo durante una época bastante breve la gente ha prescindido del condón: entre la píldora y el sida; ni siquiera veinte años.

¿Qué le ha sucedido entonces a la sexualidad?

Es una actividad que ha entrado en la esfera del mercado. Hay una profesionalización de la sexualidad, que es la consecuencia lógica del liberalismo. La pornografía impide, en la práctica, la sexualidad, la cual ha disminuido. Por fuerza. Todo disminuye. Las relaciones humanas en general disminuyen.

¿Sus personajes sufren de hastío?

Hastío quiere decir que nada tiene interés. Mis personajes, en cambio, no es que se aburran; es que no están satisfechos con su suerte. Imaginan que hay algo más interesante, pero no ven cómo lograrlo. Están atrapados. Tienen buena voluntad, tratan de comportarse lo mejor posible, pero… la cosa no cuaja. No están a la altura; son gente lamentable. Mi personaje típico empieza en estado de hastío, quiere evitarlo, pero acaba por sufrir aún más que si no se comprometiera. Tiene tendencia a buscar el mal menor. Pero esto es algo muy corriente hoy en día. Por ejemplo, la gente rehúye cada vez más la relación sexual porque eso simplifica las cosas. Es más sencillo tener una relación por Internet; plantea menos problemas. Muchas cosas en la vida se eligen por eso: para evitar complicaciones.

No estamos entonces ante crisis existenciales.

Para nada. El tema del absurdo nunca me ha dicho nada. Por ejemplo, en mis novelas los mundos de la sexualidad son más bien agradables. Es solo que su búsqueda es un poco pesada. La gente está demasiado deprimida para buscar. No se hace preguntas sobre el sentido de la vida. Sencillamente, les parece complicada. Y lo es; es muy complicada. Por ejemplo, en mi primer libro —y ésa es una gran diferencia con la vieja literatura del absurdo— el protagonista va a trabajar todos los días. Eso es lo que le abate: no el absurdo de la vida, sino tener que trabajar. Son personajes globalmente cansados.

Hoy ya no tenemos la perspectiva de un Camus. A él el suicidio le parecía un tema muy importante en sí mismo. En mis novelas la gente se suicida de un modo banal. No es una gran elección dramática. Se suicidan porque, no sé… están un poco hartos. Porque tienen la impresión de que les queda por vivir más sufrimiento que placer. Hacen un cálculo casi racional. Su suicidio no tiene una dimensión grandiosa; no es un acto filosófico. Los problemas metafísicos han desaparecido completamente. No es un mundo trágico el que yo describo. Es un mundo… cansado. Cansado y vacío.

Se ha definido a sí mismo como un comunista no marxista. ¿Qué quiere decir con eso?

Que creo en lo colectivo, pero no en la teoría de Marx. Si algo se desprende de mis libros es que el desapego no conduce a nada.

Su novela sugiere que la consecuencia lógica del individualismo es el malestar y el asesinato. ¿Cree usted que hay un nexo causal entre los accionistas vieneses de los años 50, los hippies, las sectas satánicas y los serial killers?

Sí, sin duda, hacia una liberación de una naturaleza animal, del salvajismo.

¿También rechaza la naturaleza?

Sí, no me gusta nada. Es muy antipática. El liberalismo salvaje de Estados Unidos es un sistema muy natural.

Pero si por algo apuesta la novela es por la bondad, asociada a la abuela, a lo femenino, a lo maternal, a la protección, a la creación de pequeños lugares cálidos que irradien amor. ¿No es eso algo natural?

No es la ley general de la naturaleza; es una excepción.

Describe usted un patético cámping libertario, El espacio de lo posible, donde un tropel de sesentayochistas frustrados intenta resolver sus problemas de soledad.

Sobre todo mujeres ya entradas en años que no encuentran con quién follar. Con lo cual tratan de refugiarse en la religión.

¿En la New Age…?

Sí, esa payasada.

Tengo entendido que los propietarios del cámping, que existe realmente, se querellaron contra usted para que cambiara el nombre.

Hubo un proceso, y ganaron.

El director del internado de la novela no se hace la menor ilusión sobre lo que el ser humano pueda ser cuando no está sometido al control de la ley. ¿Es usted de la misma opinión?

Desde que era un niño.

¿Qué le sucedió?

Nada en especial. Pero los preadolescentes son a menudo extremadamente violentos entre ellos, sea cual sea el entorno. Más en un medio pobre, evidentemente. Pero los hombres son así.

Tengo la impresión de que no le ha gustado esta entrevista.

Sí, sí, es que … ya me voy despertando. ¿Soy un fastidio? Esto es un poco triste, lo sé. No hay por qué decir lo que no es.


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