Ortigueira: cuestión de super-vivencia

Ortigueira: cuestión de super-vivencia

Blog POR Tirso Otero

Los tiempos modernos se caracterizan en su época estival por estar saturados de festivales de música cuyas entradas alcanzan precios astronómicos y cuyos carteles se pelean por lo más comercial ansiando colgar el cartel todo vendido. Pero hay excepciones y esperanza, rincones cargados de magia donde veteranos luchan por mantenerse. El caso que hoy nos toca es uno de  los que vienen cargados de moraleja. El Festival Internacional do Mundo Celta de Ortigueira clausuró el pasado domingo 16 su XXXIII edición de apabullante programación y con récord de asistencia, 95.000 folkies nada menos.

Cuatro días de movimiento que se convierten en una semana para los más intrépidos, que transforman una localidad gallega de 6.000 habitantes, en el epicentro de la cultura celta contemporánea y en punto de peregrinación para festivaleros y amantes del folk. Festival veterano en el panorama nacional cuyo origen se remonta a 1978, una carrera de fondo durante la cual se ha consolidado como una apuesta segura por la cultura hecha de forma local con vocación universal, gracias al esfuerzo de un pueblo y al duro trabajo de todos sus participantes, pues no podemos olvidar que es gratuito y su programación se desarrolla en el puerto y en la calles. Un festival hecho por la gente para la gente cuyo motor es la pasión por la gaita y el salto.

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El reclamo  cultural de las naciones celtas propicia la llegada de público internacional, con una programación donde se mira a la tradición sin dejar de apostar por la vanguardia y los nuevos talentos. Prueba de ello es la consolidación del Proyecto Runas en la jornada del jueves, gracias al cual grupos emergentes se dan a conocer y concursan por su inclusión como cartel oficial el año próximo. La suerte en esta edición fue para Gabriel Gonzalez Music, desde Irlanda, con su exquisito mestizaje de músicas del mundo.

La entusiasta muchedumbre del viernes se deleitó gracias a la siempre impecable Escola de Gaitas de Ortigueira. Pero el plato fuerte llegó con Usher´s Island, agrupación con casi 40 años de trayectoria a la espalda de sus intérpretes, autenticas leyendas vivas de los ritmos tradicionales irlandeses. En este punto observar la multitud es obligado para dejarte sorprender por camisetas de Keith Haring, otras con mensaje de todo calibre o incluso algún peregrino verbenero con sus vieras, que variedad y jolgorio. Motivación llevada a buen puerto con Böj, un clásico del festival gracias los cuales el suelo quema, el sudor cae y todo se convierte en una auténtica brincadeira como dicen en galego.

Pero si algo es curioso en Ortigueira es la presencia de Harmonica Creams, presentes el sábado por tercera vez. Grupo nipón que carece de gaita pero ni falta que le hace, pues su estilo es de infinita sinfonía, con un directo melódico, exótico y eléctrico. Maestría que no pasa desapercibida pues son uno de los grupos más aclamados por los asistentes reincidentes, quienes se cruzan con ellos a cualquier hora del día haciendo de las suyas por las calles de Ortigueira tocando sin fin cual flautistas de Hamelín.

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El broche de oro el domingo vino dado por el concierto acústico monográfico Xapón e a Música Celta en el que participaron las bandas niponas que actuaron en esta edición, la ya mencionada Harmonica Creams junto a Shun Yonemura, Yoko Tanako y Hatao. Un hecho que permite soñar con un samuray y un guerrero celta al encuentro gracias a la riqueza cultural que une ambos pueblos gracias al milagro de Ortigueira.

Un festival que constituye toda una vivencia a caballo entre la playa de Morouzos y el puerto de la villa, recorrido entre vítores y gaitas que nos enseña como la música, la cultura, la comunidad y la naturaleza pueden resistir y crecer durante casi 40 años a expensas de lo acelerado del resto del mundo. Una cita ineludible para los que todavía soñamos con praderas más verdes.

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