Luciano Bianciardi contra la cultura

Luciano Bianciardi contra la cultura

Blog POR Mario S. Arsenal

Hay novelas que sin ser brillantes, definitivas o incluso excepcionales, acaban convirtiéndose en libros inagotables. Sucede porque su peculiar sentido de la verosimilitud nos invita a trazar un puente entre tiempos aparentemente remotos. Y esto hace que algunas narraciones que no se han prodigado en elogios, beneficiado de la repercusión mediática, o suscitado unanimidad de alguna clase, alcancen la categoría de obras necesarias. Digo necesarias porque cuando el tiempo se diluye y deja de existir en ese voladizo tectónico que es la historia, la obra —una novela, una pintura— comienza a hablar el lenguaje inagotable de lo universal. En tiempos de hiperactualidad, donde el día a día lo engulle todo sin un fin concreto más allá del revuelo, la monitorización y la persecución de clicks en cascada, la reflexión sigue siendo, mucho más que el sentido crítico, una forma efectiva de combatir nuestra fiebre odierna. Por eso existe la figura del editor venturoso, que se lanza a publicar libros que no engrosan su bolsillo, libros que resumen sus facturas con un signo negativo, libros que son fruto del delirio y no de la supervivencia. Todos esos obstáculos inimaginables son una realidad; por tanto hay que reconocer a esos cafres de las editoriales el mérito de enriquecer nuestras vidas y, con ellas, también el mundo. Aquí es donde entra precisamente la necesidad de las cosas, de los libros y de la memoria.

En ese sentido, es cosa de Errata Naturae que presentar a Luciano Bianciardi (1922-1971) en España no sea un ejercicio inédito. Acaban de traducir El trabajo cultural, pero ya hicieron lo propio con La vida agria, dos obras entre las que media un lustro (el mismo entre ambas traducciones) y que sirven de corolario a más de tres décadas de profesión al servicio de las letras por las que Bianciardi obtuvo el reconocimiento definitivo —aunque asoslayado— de la comunidad literaria. Desconocido en medio mundo y en parte del otro, su trabajo gozó de cierta aceptación pero su obra no ha envejecido de igual modo, pasando prácticamente inadvertida hasta nuestros días. Por suerte, nada bueno llega con retraso. Dado que la actualidad es una sustancia volátil que tan pronto nos irrita como nos consuela, el criterio y el valor requieren de un muro de piedra donde marcar con una tiza su envergadura. Hemos olvidado el significado del reposo, el sentido del sosiego, el tamaño que adquieren las palabras cuando las paladeamos. Esto explica que Bianciardi, con una carrera literaria abrumadora a sus espaldas, entre los 70 y los 90 desapareciera del imaginario —¿se llama canon?— literario. El porqué se intuye, pero no se sabe.

La vida agria cubierta

El trabajo cultural (1957) es una novela que narra la transformación de un país, Italia, que ha logrado sobrevivir a dos conflictos mundiales y que ahora se encuentra agitado por el aguijón del comunismo. Bianciardi escoge un pueblo cercano a su ciudad natal, Grosseto, una zona de la Toscana donde «pellizcarle la mejilla a un hombre y decirle que se vaya a la cama es una ofensa cruenta», y esboza un ensayo irónico en defensa del origen de las cosas (como etimología de la ciudad, qué significan los nombres), un canto emotivo a la memoria de la tierra (pastores que predicen la lluvia en los ojos de las reses) y un lienzo social, político y cultural en el que podemos vernos reflejados a pesar de los años que nos separan. Tiene para todos: «Ahora, más que un partido político parecía una mezcla entre secta de conspiradores y círculo de viejos amigos», dice de los republicanos. «Ya no eran la sal de la tierra, los perros guardianes de la sociedad, los pioneros del futuro, los ingenieros del alma», refiriéndose a los intelectuales. Y cuando se refiere a los jóvenes: «Siguen sentados a las mesas en la acera del café; están todos un poco más gordos, pero siguen silbando, con los labios en forma de culo de gallina y los párpados entornados. Sólo los abren cuando pasa una chica. ¿Y esa qué?, se preguntan, ¿folla? ¿Es fácil?». Sus dardos apuntan meridianamente a la clase media burguesa que nació con la democracia y los primeros destellos del libre mercado, a ese tipo de amigos que «tomaban el té, hacían horóscopos chinos, [y] se leían los unos a los otros sus relatos, sus poesías».

El trabajo cultural cubierta

Traductor incansable y garibaldino confeso, Bianciardi jamás ocultó sus esperanzas de ver abrirse paso a una Italia nueva capaz de superar el lastre de su historia. Operó con rabia y, al final, más que enterrar su pasado, predijo su futuro. A finales de los 50 se atrevió con los grandes nombres de la literatura mundial: Bellow, Conrad, Stevenson, La Rochelle, Faulkner, Steinbeck, Barth o John Berger se encuentran entre los que fueron objeto de una labor de traducción inseparable de su propia literatura. El resultado fue una obra que nunca pudo desligarse de la vida de su autor, obra y vida militantes (por las que se entiende la omisión del mercado editorial) al servicio de un mundo mejor que él sólo pudo soñar en sus libros. Se dice en un momento dado: «La cultura carece de sentido si no nos ayuda a entender a los demás, a socorrer a los demás, a evitar el mal». Ahora reflexionen sobre el significado del verbo convivir y piensen cuál es la vigencia de esas palabras.

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