Liliana Colanzi, una narradora boliviana

Liliana Colanzi, una narradora boliviana

Blog POR Carlos Heras

Sólo quien sabe de dónde viene puede ser universal. A medida que crece la literatura de Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981), se vuelve más universal y al mismo tiempo nos demuestra lo difícil que es escapar de casa. Que nadie se despiste si cree que en Bolivia sólo hay ponchos rojos, lagos místicos y tierras áridas a alturas imposibles. En sus cuentos no hay apenas Altiplano, hay la otra mitad de Bolivia, cuya literatura no sucede en La Paz ni se escribe desde allí. Su obra, condensada en dos volúmenes de cuentos, le ha valido entrar en la recién publicada lista Bogotá39-2017 como única representante de su país.

Liliana Colanzi

En La ola, uno de los relatos de Nuestro mundo muerto (El Cuervo, 2016, inédito en España), Colanzi parte de una serie de suicidios entre estudiantes de Cornell, la universidad estadounidense por la que se doctoró. Una epidemia en lo peor del invierno y una narradora medio alucinada —por el frío, por la falta de buen sueño, por los fármacos contra la depresión y la ansiedad que reparte la universidad— que tiene que volver a casa por la enfermedad del padre. Que quiere escribir sobre el achachairú, una fruta deliciosa que «por alguna razón incomprensible se da únicamente en Santa Cruz». Y que, en el taxi que la lleva del aeropuerto a la casa, escucha de la boca del conductor la historia de una cholita iluminada que, en busca de ayuda para la enfermedad de su madre, sobrevivió a una travesía suicida por el desierto de Atacama en busca de su padre, que trabajaba en las minas de cobre chilenas al otro lado. Y en medio de las historias vividas y escuchadas, del viaje, aparecen los recuerdos de una familia de clase media-alta, la demencia transitoria del padre —el mismo que se ha caído ahora, al que se le va acabando la vida mientras un avión viaja de vuelta a Sudamérica—, los secretos nunca conocidos, la distancia irremediable en el amor.

A veces, los cuentos de la cruceña parten de realidades trastocadas o, como ella misma dijo en una entrevista, de lo que pasa cuando la razón estalla. O de lo que pasa cuando se enfrentan racionalidades distintas, un proceso en el que destaca la presencia de creencias, lenguajes y cosmovisiones indígenas en diálogo con formas más «occidentales» de entender las cosas . De testimonios documentados de indígenas ayoreos están tomados varios párrafos de Cuento con pájaro (uno de los relatos de Nuestro mundo muerto) y de un canto de los mismos viene el título del volumen: «Este es el tronco de todas las historias, habla de nuestro mundo muerto».

La alucinación, parece decirnos Colanzi en varios de sus cuentos, tiene efectos reales: quien cree ver un ciervo en Marte puede acabar estrellando su vehículo espacial por un sobresalto. Quien abusa de las pastillas para adelgazar y padece insomnio por ello, puede pensar que las puertas se abren y se cierran solas, y puede acabar cometiendo alguna locura al pensar demasiado las casualidades.

Desierto de Atacama

El enfrentamiento de visiones y racionalidades se da a menudo, en los cuentos de Colanzi, entre quienes creen en lo sobrenatural, quienes dudan y quienes encuentran una explicación coherente y a veces menos benévola a lo misterioso. A veces, el mismo personaje concentra varias visiones, como en Meteorito. ¿Pudo el chico que no supo esquivar la patada de una vaca irse «sin despedirse» como dice su madre? ¿Se fue con la bola de fuego que se lo iba a llevar, como él mismo había anunciado?  ¿Fueron sus palabra una premonición del meteorito que entró en la atmósfera, cuyos últimos restos impactaron cerca de San Borja, Bolivia, ante la mirada lejana de una pareja que discutía a las cinco y media de la mañana? ¿Su madre lo abandonó en el monte para no tener que vivir siempre con un chico que perdió un pedazo de cerebro por la patada de una vaca?

Nuestro mundo muerto, su segundo y último libro publicado en Bolivia, es una obra breve y genial, donde lo sobrenatural está anclado en lo cotidiano, en los territorios de la infancia de una narradora boliviana y la historia reciente de su país. El libro alterna la ciencia ficción con relatos de infancia y adolescencia y reflejas los choques violentos entre hacendados europeos e indios, o las enormes diferencias entre urbanitas criollos y mestizos de pueblo que un día tienen que coincidir en el mismo lugar.

Nada que no anticipase ya Vacaciones permanentes (El Cuervo, 2010/Tropo, 2012), un libro de relatos generacionales, de conflictos familiares en casas bien de Santa Cruz, de relaciones difíciles, de huidas. Del extrañamiento y la distancia que en un punto se hace irreparable entre los seres humanos. Y también, en sus dos últimos relatos, de la precariedad de quienes emigran a Inglaterra desde un país como Bolivia, o de la vida complicada de quien huye de Estonia en busca de una vida mejor.

Llanos bolivianos

La inclusión de Colanzi, con un libro que habla de huir y otro que trata de volver a casa, en la lista Bogotá39 —una iniciativa de Hay Festival que escoge a 39 autores latinoamericanos menores de cuarenta años— es una noticia a celebrar. Es la misma lista que, diez años antes, nombró a la mexicana Guadalupe Nettel o al compatriota y compañero generacional de Colanzi Rodrigo Hasbún (Los afectos y Los días más felices son dos obras más que notables del cochabambino). La aparición de esta autora, nacida en un país cuya literatura es tan desconocida como sorprendente —y que sólo sorprende porque es desconocida— debería hacer que nos fijemos en la literatura de ese país sin mar que aún lleva el estigma de ser «el más pobre de Sudamérica». Comenzando por Colanzi y siguiendo, por ejemplo, con Giovanna Rivero y Magela Baudoin. Otras dos autoras cruceñas.

El autor es periodista y reside en La Paz, Bolivia. Es co-editor de Juego de Manos.

 


 

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