La lengua oficial de la transición en Chile fue la del consenso y del mercado

La lengua oficial de la transición en Chile fue la del consenso y del mercado

Blog POR Carolina Espinoza. Fotos: Ignacio Izquierdo.

La teórica cultural e investigadora en los ámbitos de la crítica literaria, historia del arte, estética, filosofía y la teoría feminista, pasó por Madrid para encabezar el seminario Chile: las operaciones críticas de la memoria, que revisa pliegues de la historicidad social chilena que marcaron el paso de la dictadura a la transición. Nelly Richard  fue pieza clave en la formación de la Escena de Avanzada que, a fines de los setenta, agrupa a artistas como Carlos Leppe, Eugenio Dittborn,  Lotty Rosenfeld y el grupo CADA.  

En esta entrevista nos habla de la resistencia del arte crítico ante los horrores de la dictadura de Pinochet, hasta la resistencia de las estudiantes universitarias chilenas en mayo de 2018, que denunciaron con tomas y marchas, las consecuencias del neoliberalismo a ultranza aplicado a casi todos los ámbitos sociales en ese país. Nelly Richard, no para. Además de su labor como crítica y ensayista  en Chile, coordina  la línea Políticas y Estéticas de la Memoria en el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía de Madrid.

NIZ 4

¿Qué papel jugó el arte crítico en la dictadura de Pinochet?

Durante la dictadura, la escena del arte visual adquirió una fuerza de   intensidad crítica que hasta el día de hoy resulta asombrosa. Después del golpe militar, el cuerpo social quedó  sumergido en la catástrofe. De a poco fue recobrando la voz en medio del silencio y la desesperación. Se fue armando un campo artístico y cultural de oposición que se expresó  de muchas formas. Primero se generaron circuitos alternativos de artistas empeñados en recuperar la  narrativa épica de la Unidad Popular, con una estética más bien testimonial basada principalmente en la protesta y la denuncia, la conmemoración y el homenaje para reagrupar a una comunidad rota por el golpe militar del  11 de septiembre de 1973 en torno a símbolos que actuaban con una  función cohesionadora de memoria y de identidad.

Dentro del campo de la cultura  anti dictatorial, se perfila un grupo de prácticas que luego pasó a  designarse como Escena de Avanzada. Se trataba de prácticas que, junto con expresar una postura de resistencia a la dictadura, se caracterizaban por su audacia formal y por su alto grado  de autoreflexividad  crítica en torno a  códigos y lenguajes. El conceptualismo político de esta escena la ubicaba en una distancia  a veces polémica de lo que representaba el arte militante  de la izquierda ortodoxa.

 

¿Y cómo te involucras en ello?

Me fui interesando cada vez más de cerca en estas prácticas de arte y escribí  “Márgenes e Instituciones” (1987) que  intentaba precisamente dar cuenta de esta voluntad conceptual de reelaboración de  la relación entre arte y política,  fuera de toda subordinación a la ideología del mensaje que antes regía el “arte del compromiso”. La Escena de Avanzada conjugó el experimentalismo crítico de las formas con la búsqueda de nuevos soportes como  el cuerpo y la ciudad para involucrar tanto las biografías como  la exterioridad social en su gesto de emancipación subjetiva contra la represión. Después de esta primera publicación, seguí deambulando  entre las políticas y las estéticas de la memoria  y me preocupé también de la teoría feminista. La Revista de Crítica Cultural que fundé en 1990 y dirigí hasta su cierre en 2018 cruzaba estas motivaciones con una reflexión más amplia sobre posdictadura y transición,  izquierda y democracia, universidad, etc. Nunca abandoné  el campo de las simbolizaciones estéticas y culturales para poner en tensión el discurso de la política institucional o de las ciencias sociales, haciendo valer las  fracturas del sentido asociadas a una memoria del trauma.  

Como ocurre en otros contextos atravesados por dictaduras, el trabajo con la memoria es clave para el pensamiento crítico. Hay que acordarse de que, en Chile, la dictadura combinó el  terrorismo de Estado y su  aniquilamiento de los cuerpos  con la “doctrina del shock”  cuyas políticas económicas convirtieron al país en   el primer laboratorio del neoliberalismo en el mundo. La transición conjugó redemocratización con neoliberalismo, sumergiendo a Chile en una sociedad del consumo con sus lenguajes publicitarios y el eslogan comunicacional de una “sociedad transparente” que premia los lenguajes técnicos y operativos. Todo esto vuelve aún más urgente la tarea de la creación estética y del  pensamiento crítico en el rescate de lo precario y residual, lo no integrado.

Una transición que para muchos no acaba o tiene límites difusos y que posibilitó la continuidad del modelo neoliberal.

En que aún existen varios fantasmas del pasado y sus sombras se proyectan a escalas.  El  pacto cívico-militar que sella la transición condiciona los límites de una  democracia restringida y vigilada. La retórica del consenso es la encargada de jugar con las  apariencias del pluralismo y la diversidad pero evitando siempre  los conflictos de posturas que llevan al disenso. La “democracia de los acuerdos” implicó un tipo de realismo político que, en defensa de la gobernabilidad, silenció los conflictos y antagonismos que derivaban de la interpretación histórica del pasado.  Esta retórica del consenso implicó moderación y resignación.  Hay que acordarse de la famosa frase de Patricio Aylwin, el primer presidente chileno de la transición democrática quién, al referirse a los casos de violaciones de los derechos humanos, habló de “Justicia en la medida de lo posible”.  Esta consigna suponía todo  un programa que  armó en torno al libreto de  la memoria como reconciliación, con su simbología moral del perdón, para ocultar lo incumplido por los tribunales y las políticas de estado en materia de la verdad y de la justicia que siguen reclamando  las víctimas y sus familiares.   

Este falso equilibrio político-social  del consenso y la imposición del libre mercado en contra del estado marcaron más de treinta años de transición,  hasta  la ruptura anti neoliberal que significó  el movimiento estudiantil del año 2011. Allí los estudiantes salen a la calle para denunciar el lucro tanto en el sistema de educación como en la sociedad entera, contraponiendo lo público a lo privado en su cuestionamiento general a la mercantilización de lo social promovido por el dispositivo neoliberal. 

¿Fue entonces el  fin de la transición chilena, este movimiento estudiantil en 2011?

Sí, hay muchas interpretaciones desde la politología o desde la sociología sobre cuando termino la transición. El hecho que no haya acuerdo al respecto deja en evidencia que no hubo un borde nítido entre una temporalidad y otra. Pero me parece que el movimiento estudiantil del 2011, al salir a la calle con la consigna “No + Lucro”, impugna la  gramática neoliberal que le dio forma a la sociedad entera con su lógica de la rentabilidad y de las ganancias empresariales. La masiva movilización estudiantil del 2011 en Chile y su defensa de lo público abrió un nuevo horizonte de lo posible más allá de las lógicas del mercado que lo privatizan todo,  hasta los saberes profesionales que  administran  las comisiones de expertos cuyo trabajo especializado dejó casi sin lugar ni función al intelectual crítico.

Esto ha pasado quizá en todas las transiciones…

Claro, esto excede a Chile pero cada contexto tiene su especificidad. Por ejemplo en el caso nuestro  la transición instaura  una tecnificación de lo social y una planificación del orden que despolitiza a la ciudadanía, una ciudadanía  que pasa a llamarse “la gente” como material estadístico de las encuestas de opinión pública.  El  ordenamiento de lo social regulado por saberes expertos que se basan en cifras y datos dificultó aún más que los residuos más convulsionados de la memoria  de la dictadura se pudiesen alojar en  alguna textura de experiencia. Es  por esto que, en el plano de lo simbólico y lo cultural, las reconfiguraciones más sensibles del recuerdo herido ocurrieron  en el campo de la estética y la crítica que tienen un vínculo especial con lo más precario y  vulnerable.

Otro hito importante en el ámbito del feminismo, que identificas en Chile, es la protesta de las estudiantes universitarias en 2018 que dicen “basta ya” a los abusos al interior de la academia.

Lo explosivo de la revuelta feminista de mayo 2018 contrasta con que,   durante la transición, la palabra “feminismo” fue acallada por el término más neutral de “género” hasta casi desaparecer como referencia.  El movimiento feminista en los años ochenta en Chile tuvo una decisiva importancia en la recuperación de la democracia a través de las organizaciones de mujeres que se tomaron la calle en contra no sólo del patriarcalismo sino del militarismo de la dictadura.  En los inicios de la transición, se crea el Servicio Nacional de la Mujer que tomó como modelo el Instituto de  la Mujer de España. En Chile ese Servicio Nacional de la Mujer  fue gobernado por una hegemonía Demócrata Cristiana que volvió  el signo “mujer”  equivalente a “naturaleza” y  “familia”. De a poco el Servicio Nacional de la Mujer recurre al término “género” para disipar los acentos más polémicos del feminismo de los ochenta que traían el recuerdo vehemente de la anti-dictadura. Bueno, después de este largo silencio en que casi  desaparece el feminismo  histórico,  explota la revuelta feminista universitaria de mayo 2018. Por un lado, retoma la consigna  de NO + LUCRO del movimiento estudiantil del 2011 pero, además de la educación gratuita, la revuelta feminista  exige una educación no sexista y sin violencia de género.  Su lema es “Abortar al patriarcado y sus leyes de mercado”. La revuelta feminista de mayo 2018 en Chile dibuja el horizonte simbólico de una revolución cultural que logró desafiar los poderes políticos, económicos y sociales de la sociedad de mercado al mismo tiempo que cuestionó  la ideología sexual dominante y su reparto desigual de valor y sentido  entre lo masculino y lo femenino que afecta tanto las estructuras públicas como los mundos privados.

Lo triste es que el lucro sigue matando gente en Chile. Tiene una importante tasa de suicidios y hay dificultades en las personas mayores para jubilarse o para afrontar una enfermedad grave. Esto sigue concitando protestas en las calles.

El movimiento NO + AFP (administradoras de fondos de pensiones, el sistema privado de pensiones que instauró la dictadura en Chile y que no ha sido cambiado)  fue  masivo en Chile durante estos últimos años.  Es parte de un violento malestar en contra del sistema neoliberal, cuya crueldad se manifiesta en varios aspectos de la existencia humana. Siempre habrá que insistir en que el neoliberalismo no es sólo una doctrina económica ni un conjunto de técnicas de gobernanza sino una fábrica de subjetividades dóciles que pretende desactivar cualquier voluntad política de movilizar colectivamente fuerzas de cambio. El feminismo es estratégico justamente porque atraviesa lo subjetivo, lo privado y lo público, lo productivo y lo reproductivo. Su llamado de atención sobre los nuevos regímenes de desigualdad y precarización de las vidas consideradas inferiores como lo son las de las mujeres se extiende, más allá de la opresión sexual,  a  todas las formas de explotación social. Desde ya, no creo que haya posibilidad de que las izquierdas formulen nuevos proyectos de sociedad sin repensarse  feministamente.

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