Ingobernables nos queremos

Ingobernables nos queremos

Blog POR Bernardo Gutiérrez

Cuando entré por primera vez en el edificio que hace esquina entre la calle Gobernador y el Paseo del Prado de Madrid había sido ocupado hacía un día. El incipiente centro social todavía no tenía nombre. Un cartel amarillo colgaba de una ventana insinuando épicas nuevas: “Make Madrid Great Again. Centro Social para la Construcción de Comunes Urbanos”. Los ecos de la asamblea susurraban que el nuevo centro social iba a llamarse “Gobernadora”. Tener una gobernadora en la calle gobernador sonaba bien. No recuerdo cómo se consolidó el nombre Centro Social Autogestionado La Ingobernable, pero sí que cuajó con alegría colectiva inusitada. Ser ingobernables en el epicecentro del Paseo del Arte de Madrid fue el deseo que sincronizó a miles de personas e hizo posible la pertenencia encarnada a un edificio vacío.

El pasado jueves 14 de noviembre, quienes participamos en la concentración de apoyo a la Ingobernable tras su desalojo, nos desplazamos hasta el centro del paseo del Prado. Sin haberlo planeado, paramos el tráfico. De entre nuestros cuerpos emanó un grito, el dibujo de muchas voces ensambladas: “Somos ingobernables”. Dos años y medio después de la ocupación, aquel deseo de ser ingobernables está más vivo que nunca. Tras el desalojo del CSA La Ingobernable, el deseo sigue creciendo, viaja de cuerpo en cuerpo, de calle en calle, multiplicándose sobre la velocidad de la red. Hace unos meses, leí con fascinación cómo el libro Ruptura, firmado por la identidad colectiva brasileña Centelha, arranca con un capítulo titulado Seamos ingobernables. Ruptura, que circula sobre todo en pdf por e-mail y por los sótanos de Internet, apunta con lucidez salidas a la distopía del Brasil de Bolsonaro: “Como animales acostumbrados al paisaje estable, preferimos creer que la tempestad acabará pasando. Pero la tempestad solo acabará cuando rasguemos las nubes negras que fueran empujadas encima de nuestras cabezas. Y necesitamos de todas las formas de armas para ello. Todo es necesario ahora, siempre que tengamos la consciencia del no retorno, siempre que tengamos el deseo de ser ingobernables”.

Se puede desalojar unos cuerpos de un edificio vacío, pero no se puede desalojar una idea. Se puede  clausurar la sede física de La Ingobernable, pero no el deseo vívido de cientos de miles de personas de ser ingobernables. 

He visto cosas...

Se ha escrito mucho y bien sobre el altísimo número de actividades realizadas en La Ingobernable. Se ha argumentado sobre la importancia de los centros sociales para mantener vivos los lazos comunitarios y vecinales de los barrios. Se ha construído una sólida literatura sobre la necesidad de construir y mantener lo común entre todas y todos, al margen de las lógicas del Estado y del mercado. Prefiero esbozar unas pinceladas sobre cuerpos y prácticas sociales, sobre cómo La Ingobernable atravesó mi piel en estos dos años y medio. Soy un usuario más. Una persona que ha frecuentado encuentros, charlas, asambleas, conciertos, fiestas, proyecciones de películas, hackatones. Alguien que se involucró más en unos grupos que en otros. Una persona cualquiera de la extensísima familia de “La Ingo”. Desde el fondo de mi ser no brotan ideas, sino memorias envolviendo un deseo renovado, nostalgias de un futuro por venir. ¿Cómo explicar cómo nuestro cuerpo se sitúa, descubre sensibilidades y aprende en los centros sociales? ¿Cómo narrar ese remolino de goces comunes? Cuestionando lógicas lineales o causales, me asalta un recuerdo: el monólogo que el replicante Roy Batty pronuncia en Blade Runner antes de morir: “He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar...”.

En La Ingo he visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada. He visto una guardería cooperativa y un hombre que tocaba el violín dentro de la barra del bar, entre cerveza y cerveza servida. En La Ingo he visto cómo hacktivistas montaban talleres de robótica o cómo el Cine Club Filmoteca Chantall proyectaba películas en la azotea durante las calurosas noches de verano. En La Ingo he visto cómo las mujeres fraguaron dos huelgas feministas de resonancia global y cómo los hombres que estuvimos involucrados en los puntos de cuidados durante el último 8M nos reunimos para continuar revisando nuestras masculinidades. En La Ingo, una amiga tunecina decidió perder un avión que salía al alba rumbo a Tunicia para seguir bailando en una fiesta, porque no podía irse sin más de “un lugar así”. En La Ingo escuché a Nancy Fraser, a indígenas de Brasil, a Silvia Federici, a Las Kellys, a urbanistas, a colectivos de manteros, a personas deshauciadas, a catedráticos, a los lectores de Ajoblanco tras la presentación del número uno de la nueva era. En La Ingo, donde el conocimiento siempre fluyó libre, he visto a abuelos con sus nietos, a adolescentes skaters charlando con viejos anarquistas sobre las escuelas modernas de Francisco Ferrer, a cuerpos queer entablando conversación con académicos. En La Ingo escuché, canté y bailé con entrañables desconocidos de rasgos andinos aquella cumbia peruana del cariñito. Y aquella noche, el “lloro por quererte, por amarte, por desearte” reverberava en el arpa de unas cuerdas vocales múltiples que parecían estirarse como una centella hasta el otro lado del Atlántico.

Una tarde, en el Hacklab de la Ingo, Gabriella Coleman, una eminencia sobre cultura de Internet, nos dijo que en su Montreal nunca había existido ni existirá nada así. Biella, ingobernable Coleman, nos miró con cara resplandeciente, como un Roy Batter que recuerda que un día vio naves de combate en llamas en el hombro de Orión. Y no hizo falta explicarle que algunas batallas contra el capitalismo digital se cocinaban a muchas manos, entre los cuerpos que frecuentaban aquella habitancioncita del Hacklab repleta de cacharros, pizarras, cables y libros.

Ser improductivos para reproducirse

El filósofo Byung-Chul Han, en su ensayo Psicopolítica, describe cómo hace unos años, en el momento más profundo de la crisis, unos niños griegos descubrieron un fajo de billetes y le dieron un uso totalmente diferente. Jugaban con los billetes y los hacían pedazos. Esos niños, escribe Byung-Chul Han, se anticipaban a nuestro futuro en ruinas: “En estas ruinas, como esos niños, jugamos con billetes y los hacemos pedazos”. En La Ingo he sido un niño jugando entre las ruinas de un mundo hostil que agoniza, un niño despedazando billetes, jugando sobre los escombros. Un niño que no quiere reconstruir el mundo capitalista que un día se desmoronó. En La Ingo he formado parte de un estilo de vida que ya no es una forma de producción, sino de reproducción. En La Ingo, para reproducir la vida, para afectarnos y situarnos en una mirada otra, en un hacer colectivo que nos desborda, hemos ido aprendiendo a no producir. En La Ingo nos hemos liberado de la fuerza del trabajo siendo felizmente improductivos, haciendo cosas por el placer de hacerlas con otros, por el goce de hacerlo para otras.

Queridos políticos, queridos empresarios, en La Ingobernable he visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar. Y sé que un día, antes de partir definitivamente, los y las ingobernables, como Roy Batty, dejaremos volar una paloma blanca desde nuestras manos, sabiendo que ha valido la pena vivir. A diferencia del replicante de Blade Runner, nuestras palabras finales no serán monólogos, sino conversaciones, ecos de deseos, rumores musicales para la danza afectiva de los ingobernables. Todos esos momentos, diremos, no se perderán en el tiempo igual que lágrimas en la lluvia. Todos los instantes que pasamos en la Ingo seguirán vivos. Y renacerán, una y otra vez, en la ocupación-que-llega-tras-el-desalojo, sobre recuerdos que ya trazan futuros. Todos esos momentos florecerán otra vez, muy pronto, allá donde se cruzan las vidas de los barrios, en sus centros sociales, en los hilos invisibles que mecen la coreografía de nuestros cuerpos. Somos indesalojables, porque ingobernables nos queremos.

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