Hoy hace 40 años

Hoy hace 40 años

Blog POR Pepe Ribas

Una vorágine de imágenes y sentimientos se atochan en mi cabeza y en mis dedos al escribir la cartografía de aquel julio de 1977 que aún deja caer preguntas como truenos. El aprendizaje de la libertad tejía nuevas formas de relación, la juventud estaba de fiesta reivindicativa y la policía al acecho. En el número veinticuatro, el de julio-agosto que convocaba las Jornadas Libertarias Internacionales del 22 al 25 de julio, el colectivo La Ventana escribió: «Mayo empezó en Madrid con la fiesta popular del 2 de Mayo en el barrio de Malasaña, organizada por la asociación de vecinos. Pero los vientos democráticos abortaron la fiesta y la transformaron en tragedia: uno de los asistentes, masacrado por la policía, aún se debate entre la muerte y la vida vegetal. La politizada Asociación de Vecinos asumió el papel autoritario, condenando la alegría de los jóvenes que se divertían fuera de los cauces marcados por el programa oficial y suspendió por su cuenta la verbena popular aliándose con el poder posfranquista. El gran delito de los libertarios fue divertirse sin acatar las normas establecidas. Su gran crimen, el desnudo de una pareja encima del monumento a Daoíz y Velarde». La foto de aquella performance la publicamos en Ajoblanco y se convirtió en una de las imágenes más emblemáticas del despertar de Madrid.

En el mismo número, Fernando Mir elaboró un comprometido reportaje sobre la ocupación de casas abandonadas. «Si existe una organización impuesta a los ciudadanos y que vive de ellos, como el Estado, lo mínimo que se puede pedir es que exista para ayudarles, garantizando una vivienda a quien no tiene nada.» Tras explicar el fenómeno de la ocupación en Inglaterra y en Italia, contaba la historia del Taller de Marionetas. En varias ocasiones coincidimos con Pepe Otal y varios colaboradores tras el pasacalle que montaban en las Ramblas ante cientos de miradas ilusionadas. Las marionetas gigantes bailaban, los faquires sacaban fuego por la boca y varios personajes de circo brincaban sobre la acera entre chistes y bromas. Pepe, que era de Albacete y llevaba unas inmensas barbas a lo Ho Chi Min, contó que dos años atrás había fundado una comuna creativa en un barrio alto de la ciudad, que se hizo famosa y fue invadida por jóvenes que huían del autoritarismo familiar. Los visitantes alteraron la vida comunitaria con neuras y pequeños robos. Pese a tanta juerga, la comuna duró hasta que se incendió la parte que ocupaba el taller. Los supervivientes, reagrupados en pequeños pisos del barrio de Sarriá, mantuvieron su vena creativa. Alguien les descubrió en la Barceloneta un local del Ayuntamiento que llevaba mucho tiempo abandonado. Lo adecentaron y el Taller de Marionetas se instaló con la idea de dar vida cultural al barrio pesquero. Un mal día entró la guardia urbana con intención de verificar si el local reunía las condiciones para albergar un colegio electoral. Ante su asombro se encontraron con medio barrio ejerciendo actividades recreativas. El concejal del distrito envió a la fuerza pública, sermoneó a los artistas, cambió la cerradura y se negó a entregarles las marionetas, los instrumentos musicales y el resto de material que habían acumulado. Las instancias que les obligaba a rellenar no servían de nada. Finalmente los artistas decidieron descolgarse por una ventana y recuperar los enseres. Estuvieron varios días haciendo de hombre mosca hasta que, en vista de que la guardia urbana no volvía con sus porras, reocuparon el local. La gente del barrio, satisfecha con las actividades del grupo, les sugirió que impartiesen clases prácticas de cómo se fabricaban y accionaban las seductoras marionetas. La asociación de vecinos fue la única institución contraria a dichas actividades al no ver con buenos ojos la creciente tendencia ácrata de los habitantes y el espectacular aumento de militantes en el sindicato de pescadores de la CNT. De forma natural, este sindicato compartía el local con los artistas. Mientras, la depauperada asociación de vecinos se puso de acuerdo con el concejal para pasárselo a CC OO, sin conseguirlo por la espontánea presión ciudadana en favor de la autogestión del barrio y de los improvisados talleres, algunos de los cuales eran sobre nuevas técnicas de pesca.

Gol Mitin Montjuic

El buen hacer y la no violencia de los nuevos libertarios cosechó la simpatía creciente entre la población de barrios y ciudades. Motivados por esta bonanza, decidimos emprender una nueva campaña en favor de la no violencia y de los objetores de conciencia contra el servicio militar. Luis Ondarra nos conectó con Santi Fabre, un joven del Casal de la Pau. Quiero recordar que Toni Puig había vivido un año con el pacifista más combativo de Cataluña, mossèn Xirinacs. El joven objetor, Luis y Toni elaboraron un nuevo manifiesto: «Reivindicamos el derecho a negarse a tomar las armas y a emprender acciones no violentas contra las sociedades manipuladas que hunden a los hombres en el anonimato; contra sociedades consumistas cuyos representantes no hacen puto caso de las minorías que se niegan a ser mercancía y quieren vivir en una comunidad igualitaria».

La marea humana que había recorrido en solitario el camino del antifranquismo hasta la orilla libertaria invadía eufórica los mítines de la CNT. Buscaba a la histórica organización opuesta al leninismo con la esperanza de que articulase el movimiento que debía transformar las estructuras de poder, el mundo del trabajo, el modelo de desarrollo, la ecología, la educación, la cultura y la vida cotidiana. Las contradicciones y las divisiones internas de la CNT, tras años de dispersión, tragedia y silencio, eran tan grandes como la falta de práctica política de la juventud, pero existieron un ansia colectiva y un tesón formidables, especialmente en Cataluña, donde la CNT había dejado de ser un sindicato marginal tras la huelga de Roca.

Roca era una empresa de Gavà, con cuatro mil quinientos obreros, que fabricaba radiadores y material sanitario. Junto a la factoría existía un poblado residencial para los trabajadores de la empresa con economatos, escuelas y servicios hospitalarios. En marzo de 1976, los obreros habían convocado una huelga que duró cuarenta y un días, por reivindicaciones económicas, sin que los enlaces sindicales elegidos dentro del Sindicato Vertical (CNS) consiguieran avances en la negociación del convenio. En junio, una asamblea masiva en la que participaron cuatro mil trabajadores decidió prescindir de los enlaces sindicales elegidos y nombró a cuarenta y tres delegados con el mandato de reemprender la negociación ante el enfado de los representantes legales, casi todos de CC OO, que se negaron a dimitir. En septiembre, tras una nueva asamblea, los obreros comunicaron a la dirección de la empresa y a la CNS que los trabajadores de Roca rompían con el Sindicato Vertical obligatorio, que a partir de aquel mo­mento el único órgano soberano de los trabajadores era la Asamblea obrera y que los ejecutantes de las decisiones tomadas por ella serían revocados una vez concluyera la misión para la que habían sido nombrados. La empresa reconoció con pesar la legitimidad de una comisión compuesta por quince delegados, pero no aceptó las condiciones del convenio y sancionó a uno de los representantes. El 9 de noviembre, la Asamblea optó por la huelga indefinida, los obreros apagaron los hornos e instauraron el poder de la Asamblea permanente, revocando el mandato a los quince delegados. Una semana después, la Guardia Civil invadió la población, utilizó balas de plomo y disparó contra las viviendas obreras del Poblado Roca; los obreros recogieron más de doscientos casquillos de bala. Por la noche, los trabajadores y sus familias construyeron barricadas alrededor de la colonia para protegerse de la policía y de la Triple A, una organización montada por los servicios secretos de Carrero Blanco antes de ser asesinado.

La solidaridad de los habitantes de Gavà, aupada por las feministas y los jóvenes libertarios de todas partes, obligó a las fuerzas de la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (CC OO, UGT, USO, STV* y SOC**) a exigir la solución de este conflicto durante una jornada de huelga solidaria en el Baix Llobregat, la comarca más industrial del país. La burocracia de CC OO pactó bajo mano con las autoridades la reducción de dicha huelga a cuatro horas. Durante una manifestación por las calles de Gavà, las fuerzas de orden público detuvieron a cuarenta trabajadores. Días después, la empresa despidió a cuarenta y seis obreros mediante telegrama y expedientó a mil cien. La Asamblea decidió proseguir la huelga y buscó la solidaridad de la población mediante los Comités de Apoyo a Roca que recogieron dinero y sensibilizaron a una opinión pública desinformada por unos periódicos que la tildaron de huelga «salvaje sin causa». Recuerdo a los actores y trabajadores de la Sala Villarroel repartiendo octavillas y pidiendo dinero para la caja de resistencia.

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La CNT fue la única organización que comprendió la trascendencia de la lucha asamblearia emprendida por los trabajadores de Roca contra el Sindicato Vertical. La dirección del resto de centrales sin­dicales ya había optado por la vía reformista, al ser correas de transmisión del PC, del PSOE o de los partidos nacionalistas, aceptando el pacto integrador con las fuerzas del capital. Sin embargo, con motivo de la jornada de lucha en toda España contra la carestía de la vida, convocada el 12 de noviembre, la Coordinadora de Organizaciones Sindicales, que no era otra cosa que el intento de CC OO de apropiarse de la central sindical única y heredar la CNS, se quebró al abandonarla la UGT catalana por presiones de la base. Durante la jornada de lucha, la CNT se volcó y despertó la simpatía de las bases de las otras centrales al considerar que no domesticaba la voluntad rupturista de los trabajadores.

El 22 de enero de 1977, el juez de la magistratura declaró improcedentes los despidos y demostró, por ejemplo, que uno de ellos se encontraba de vacaciones en su pueblo de nacimiento durante los días del conflicto. Tras la sentencia, la familia Roca compró la participación empresarial en manos norteamericanas y se comprometió a que no hubiera más despidos ni detenciones si los trabajadores volvían a la fábrica. El 11 de febrero, tras una Asamblea con la totalidad de los trabajadores, los obreros decidieron volver al trabajo y hacer un llamamiento en contra de las organizaciones y en favor del poder obrero y de que las decisiones debían estar en poder de las asambleas. El sindicato del metal de la CNT del Baix Llobregat pasó de curenta y un militantes a más de mil en poco tiempo. Los sindicatos anarcosindicalistas asumirían una avalancha repentina de gente sin experiencia. Los miembros de los comités tampoco la tenían puesto que el asambleísmo libertario no se practicaba en España desde 1939.

La situación interna de la CNT era frágil por la falta de práctica confederal. Las confrontaciones entre las diferentes tendencias internas que protagonizaban el relanzamiento del anarcosindicalismo impedían las decisiones urgentes del Comité Nacional instalado en Madrid de forma provisional y de los diferentes Comités Regionales. El secretario general de la organización, en el verano de 1977, era Juan Gómez Casas, y el del Comité de Cataluña, federación que agrupaba a la mitad de la militancia, Enrique Marco. Ambos sindicalistas, de formación autodidacta, habían sufrido prisión en los calabozos del franquismo y rondaban la cincuentena. Pese a todo, el proceso parecía imparable. Una y otra vez se superaban los conflictos y crecía la militancia.

Los miembros de Ajoblanco, todos muy jóvenes y de procedencia estudiantil, poco sabíamos acerca de la lucha feroz que libraron los supervivientes de la guerra —los veteranos— y quienes habían luchado en el bando libertario a partir de la década de los cincuenta como Luis Andrés Edo y los dos secretarios recién aludidos. Hasta 1960 habían caído dieciocho comités nacionales de la CNT del interior además de los de las Juventudes Libertarias y la FAI. Estaba también la CNT del exilio, escindida en dos bloques. El más influyente, el de la popular Federica Montseny y su pareja, Germinal Esgleas, que estaba en Toulouse, bajo la denominación Secretariado Intercontinental. Se decía de ellos que se habían apropiado de la historia y de las siglas de la CNT. Existía también en Francia la Coordinadora de Afinidades Libertarias que tenía como órgano de expresión la publicación Frente Libertario. Se rumoreaba que a esta corriente estaba adscrito José Peirats, uno de los pensadores libertarios vivos que más me interesaba desde la lectura de su libro Examen crítico constructivo del movimiento libertario español. Llevaba tiempo pretendiendo entrevistarlo, pero militantes de la CNT me lo desaconsejaban con el argumentode que entonces también tendría que ir a Toulouse y ver a Federica para que no me tildaran de sectario. Gente que había pertenecido a Defensa Interior, una especie de red clandestina de acción directa que operaba desde el exterior contra el franquismo, acusaban a Federica de burócrata por descalificar ciertos atentados, ya fueran en España o contra políticos y militares franquistas que visitaban Francia, por temor a que pudiesen desmontar el tinglado burocrático del exilio cenetista. El Gobierno francés podía ilegalizarlos.

Los de Ajoblanco no comprendíamos aquellas batallas internas, llevadas con bastante secreto por los más veteranos, y jamás nos entrometimos en la tormenta. Eso sí, permanecíamos atentos. Esperábamos la señal para saber cómo se podía articular el movimiento libertario, que era plural, dentro de una organización que diera respuesta a la inquietud reinante en los diferentes campos. Ajoblanco era una revista movimiento, de eso ya no cabía duda, que proclamaba la democracia directa, sin delegación, y el cambio de sociedad. Yo pensaba que lo importante era sumar y no dividir ni disgregar. Toni Puig insistía en dar ideas y no perder ni un minuto en pugnas, insultos y rivalidades. Ambos pensábamos que faltaba gente de mediana edad con la suficiente entereza mental para guiar de una puñetera vez aquel proceso nuevo. Éramos conscientes de que dicho proceso requería tiempo y experiencia. Las Jornadas iban a ser decisivas para la avalancha de jóvenes en busca de nuevas dinámicas de organización. Boldú nos alentaba a seguir la marcha que llevábamos, mientras Santi Soler y Juanjo Fernández insistían en que el comunismo libertario exigía una organización radical que no cayera en las trampas de la patronal, del Estado y de la burocracia celestial que habitaba en Toulouse. Mientras esperábamos dicha clarificación, Fernando Mir nos acusaba de habernos politizado en exceso y de estar demasiado pendientes de la CNT. Fernando vivía con la cabeza en la comuna de la calle Bailén y repetía incansablemente: «Ahora voy a vivir lo que predicamos con lectores del Ajo que creen absolutamente nuestra filosofía vital». La comuna estaba integrada por Jordi Buscà, ilustrador y dibujante, Esther y su hijo Carlitos; Joan Vinuesa, poeta, pintor surrealista y fotógrafo; José Bueno, Fina y Pruden. Fernando contaba que nunca dormía solo y que en la comuna solían amanecer más de quince personas distintas todos los días. Los artistas de dicha comuna ilustraron el número extra de viajes: «Con el Ajo hasta el fin del mundo», maquetado por Litus y Evelio Gómez, de TARA. Fue un éxito que facilitó viajes baratos por todo el planeta a nuestros seguidores, que eran miles.

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El sueño de la CNT atrajo al mitin de Montjuïc a más de doscientas mil personas el 2 de julio de 1977. Fue el mitin más concurrido de la transición. Los parlamentos corrieron a cargo de Federica Montseny, que atacó el pacto social, y José Peirats, en representación del exilio. Peirats, frente a las autonomías que alejaban a la CNT de sus principios —nuestra patria es el mundo— reivindicó la federación de municipios libres, asunto que días después provocó la descalificación en los medios de comunicación por parte del secretario general de Cataluña, Enrique Marco, que también participó junto al secretario confederal, Juan Gómez Casas. Estos últimos insistieron en que en las cárceles aún quedaban presos libertarios y exigieron al Gobierno la solución de estos casos porque «la paciencia tiene un límite». El discurso más conmovedor fue el del joven abogado de la CNT de Andalucía, Fernando Piernavieja, que retrató apasionadamente los desmanes de un sistema económico que convertía las ciudades en cárceles: «Lo primero que hay que hacer es amnistiarnos a nosotros mismos». Y el de un colega de Boldú, Antonio Morales, que defendió los nuevos movimientos sociales.

Asistí al mitin con Toni y Luisa Ortínez. El ambiente, las banderas, los cánticos confederales y la enorme multitud —la CNT contabilizó trescientos mil asistentes— emborrachaban. Tal era la euforia desatada, las lágrimas y la emoción que no vislumbramos diferencias, ni pugnas ni reyertas hasta que nos acercamos a la tribuna por el lateral izquierdo, sorteando con mucha dificultad a la entusiasta multi-tud. Había decidido desoír las reticencias y entrevistar a José Peirats. Cuan­do estábamos cerca del personaje, descubrí a un grupito de jóvenes que hablaban con acento madrileño y nos señalaban mientras cuchicheaban por lo bajo con Juan Gómez Casas. El secretario general de la CNT se acercó hasta nosotros y dijo en tono crispado: «No os confundáis, la CNT es una organización obrera y no un grupo autónomo anarquista alérgico a toda estructura sindical». Uno de los jóvenes que lo secundaban afirmó con una violencia verbal fuera de lugar: «El Ajo es una cueva de pasotas, Santi Soler, un consejista marxista, los vascos de Askatasuna, a los que dais voz, unos anarcocomunistas, tan elitistas como vosotros, y Racionero no es más que un individualista burgués».

¿A cuento de qué venía tanto golpe bajo? Los de Ajoblanco trabajábamos todo el tiempo, detestábamos cualquier poder y sólo reconstruíamos la diversidad mediante la cultura y la agitación. Toni les espetó: «Poco tenemos que enseñar, mucho que aprender y nos horroriza mandar, preferimos interpretar la realidad antes de hablar y jamás seremos conspiradores profesionales. Salud». Huimos de allí en busca de Francesc Boldú, al que distinguimos al otro lado de la tribuna discutiendo acaloradamente entre empujones amenazantes. Como fue imposible alcanzarle, decidimos irnos sin presenciar los conciertos programados, pese a que uno de los grupos, Peruchos, eran colegas y solían pasar con frecuencia por la revista.

Una noche paseando con Toni y Fernando por las Ramblas, Luis Andrés Edo, miembro como Boldú del Comité de Cataluña, nos aclaró algo la situación. La CNT debía conjugar la lucha sindical con la de los movimientos sociales surgidos tras el Mayo de 1968; ecologistas, ateneos, homosexuales, feministas, cooperativistas, colectivos de anti-psiquiatría, movimiento de presos (COPEL), comuneros. «Es lo único que puede evitar la reforma pactada.» El luchador libertario explicó por qué la CNT no podía aceptar el marco de los convenios colectivos y debía boicotear las elecciones sindicales: «Ambos te enmarcan dentro de un sindicalismo de acción indirecta». Andrés Edo iba contra los pactos interclasistas cuya consecuencia para la clase obrera iba a ser la de pagar los costos de la reestructuración económica. También confesó que reflexionaba intensamente con gente afín cómo estructurar el movimiento libertario dentro del anarcosindicalismo. Estaba claro, en la CNT latían dos alas, la sindical como arma y la anarquista como ética. Nos felicitó por la labor de Ajoblanco y nos dijo que la única estrategia válida era la de ir avanzando hacia el cambio de sociedad.

Boldú, mientras Toni y yo movilizábamos a muchos colaboradores a que ayudasen en las Jornadas, nos contó algo más acerca de la lucha fratricida entre tendencias o «sectas». Los sindicalistas moderados exigían un reformismo confederal y defendían que, sin una alternativa creíble para la clase obrera, no se podían boicotear las elecciones sindicales ni la negociación de los convenios colectivos. Los anarcosindicalistas puros defendían las esencias de la CNT marcadas en el último congreso, el de Zaragoza de 1936, como si el mundo no hubiese cambiado desde entonces. Eran los que con más ahínco trataban de imponer una burocracia orgánica clara que organizara la lucha sindical autónoma de cualquier influencia de partidos políticos. Boldú, que no pertenecía a ninguna tendencia, contó algo que luego escuché en boca de Luis Andrés Edo: «La CNT hay que ponerla al día y el asambleísmo confederal sólo se aprende con la práctica. Yo siempre me esfuerzo en acercar posturas a favor de una alternativa de consenso: además de enriquecer el debate con aportaciones diversas, evita el voto». Toni me miró de reojo y me lanzó una sonrisa de satisfacción. A continuación Boldú habló de faístas, consejistas, anarcocomunistas, comunistas libertarios, autónomos, radicales más o menos partidarios de la violencia, pasotas, trotskistas, gente del PORE, de OICE, del MCL, leninistas infiltrados, espontaneístas, naturistas y hasta de cristianos disfrazados. Todos querían controlar la CNT mediante maniobras de baja calaña que proyectaban sobre el enemigo las propias intenciones. «Públicamente disimulan, en secreto y por lo bajo se machacan. Luego todo son rumores y comidillas.» Boldú pasaba bastante de estas cuitas y se dedicaba a luchar por el conjunto de la organización. Otro militante que solía visitarnos era Sebastián Puigserver, de Artes Gráficas, sindicato en el que yo había asistido a varias asambleas. Sebas era un tipo abierto que sabía dialogar y alentaba la conciencia obrera. Parecía estar de acuerdo con Boldú, pero yo ya no estaba seguro de casi nada. La división interna me descorazonaba y tampoco sabía cómo afrontarla. «Lo mejor es ir a lo nuestro y pasar, ya se aclararán», repetía Toni con más voluntad que convicción.

Un día soleado —los rayos caldeaban la sala de redacción— Fernando Mir anunció que la comuna de Bailén se trasladaba a Alayor, Menorca. Toni y yo no hicimos mucho caso hasta que dijo que él se iba con ellos, que no participaría en las Jornadas y que en septiembre se iba a la India. No le creímos capaz y callamos. El que marchaba dos días a Menorca era yo. El santo de mi madre caía en sábado y me ha­bía enviado el billete. El avión despegaba a las siete de la mañana del mismo 16 de julio.

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Finalmente, los de Liberation no iban a colaborar en el Barcelona Libertaria, el diario que íbamos a sacar durante las Jornadas. Daniel Cohn-Bendit confirmó su asistencia a los debates del Diana y Noam Chomsky declinó la invitación. Antes de mi viaje relámpago a la isla, la oficina de Ajoblanco ya se había transformado en una especie de centro de prensa internacional al servicio de la CNT. Unos decidieron sacrificar parte de las vacaciones para ayudar en lo que fuera: Santi Arnauda, Félix García, Joan Úbeda y Pepita Galbany; esta última era una excelente editora, muy joven, de Granollers, que habíamos contratado un mes antes para que ayudara a Fernando a editar el número doble de verano, el especial sobre viajes, el número cero de Alfalfa y el extra que preparábamos para otoño sobre salud y naturismo. Otros no participarían: Fernando porque ya estaba en la isla; Ramón Aguirre, de vacaciones en Bilbao; y Ramon Barnils pasaba de la CNT. Los colaboradores más estimulados a ayudar fueron los de Alfalfa, el colectivo de sexualidad y Karmele Marchante, la feminista que trabajaba en los periódicos del grupo Mundo, básicamente el Cataluña Express, y que se ofreció a hacer de intérprete, recoger a Cohn-Bendit en el aeropuerto y atender cualquier cosa que necesitásemos. Karmele se convirtió en un personaje insustituible. ¡Qué mujer!

Junto a Toni Puig, Francesc Boldú, Santi Soler y Juanjo Fernández, que había reducido sus peleas de patio de colegio, coordinaríamos, por mandato de la asamblea del sindicato de prensa y propaganda, el diario Barcelona Libertaria. Joan Úbeda, uno de los encargados de la distribución paralela, me dijo que le apasionaba el vídeo y que quería colaborar con el colectivo Vídeo Nou en lo que fuese. Joan era un tanque de laboriosidad. Hablé con Luisa Ortínez y aceptó encantada, pues tenían que rodar a la vez en el Saló Diana y en el Parque Güell y sólo estaban en Barcelona Xefo Guasch, Pau Maragall y quizá Genís Cano, que vivía con Pau en La Miranda. La actividad era frenética.

Fernando, antes de marcharse, me sugirió una reunión del equipo a fin de mes, en Menorca, para aclarar la situación y ver cómo iba a quedar la cosa. Me pidió con insistencia que convocara también a Luis Racionero.

Fotos: Gol

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