Hijos de los parricidas

Hijos de los parricidas

Blog POR Adrián Crespo

Asumo que a la presentación del primer Ajoblanco, suponiendo que la hubiera, no iría mucha gente con su madre.

Uno, que nació algo después de 1974, tiene la sensación de que la gran ruptura de aquellos años fue sobre todo generacional y que, en aquella Transición hasta hace muy poco glorificada, si algo se hizo de verdad fue matar al padre. Las butacas ministeriales, las cátedras universitarias, las sillas de las redacciones de la prensa seria, hartitas de culos carpetovetónicos, de repente se llenaban de culos no revolucionarios pero sí más jóvenes. Para cuando empezó ese recambio oficial en España, Ajoblanco ya hacía tiempo que tenía al padre enterrado. Parricidas pioneros que lejos del quítate tú, pa ponerme yo, pretendían, ellos sí, socavar la cultura para que de aquella tumba floreciera algo realmente nuevo. No sé, un cocotero, por ejemplo.

A la puesta de largo del tercer Ajoblanco, hace un mes y pico, yo fui con mi madre, que sigue viva e insepulta. Y aunque no es algo habitual entre nosotros, en realidad fue la cosa más normal del mundo, porque si yo conocí la revista fue única y exclusivamente gracias a ella, cuando en los noventa yo era un crío y tirada por casa había una revista con un tipo calvo en la portada que me miraba con mala leche y que al final resultó ser Vázquez Montalbán. Cosas de la socialización primaria.

En realidad, esta presentación de diciembre estaba llena de aquellos parricidas primigenios temerosos hoy de que los jóvenes que allí asomaban, con edad incluso de ser sus nietos y por lo tanto mucho más vigorosos, decidieran de repente romper una botella de cerveza vacía e hincársela en la yugular en nombre de la nueva cultura.

Afortunadamente para ellos, Pepe Ribas, Fernando Mir, Toni Puig y mi madre incluídos, el parricidio no se impone hoy con la perentoria necesidad de antaño. Visto que en los setenta fue útil solo hasta cierto punto hoy se imponen más bien otro tipo de cidios para los que todos los allí presentes, en alianza intergeneracional, parecemos estar dispuestísimos. Tanto que aceptamos con gusto empuñar el arma que los fundadores de Ajoblanco nos vuelven a ofrecer hoy en forma de revista, de espacio, de movimiento social e incluso de sarao nocturno. Habrá que decidir entre todos a quién hay que matar.
 

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