Fascismo, tu nuevo nombre es consumismo

Fascismo, tu nuevo nombre es consumismo

Blog POR Fran Alavina

Texto: Fran Alavina
Traducción: Naziane Maria Lira de Lima
Revisión: Bernardo Gutiérrez

Incluso después de su atroz muerte en noviembre de 1975, Pasolini no dejó de incomodar. Una de sus últimas polémicas, expresada en Escritos Corsarios y Cartas Luteranas, así como en su última película Salò, fue la afirmación del nacimiento de un nuevo tipo de fascismo. El pensador italiano daba por hecha esta nueva forma de totalitarismo disfrazado. Por eso ocupó una posición de desplazamiento entre los intelectuales de su época. Sus contemporáneos consideraban su diagnóstico algo exagerado. Una visión que, según ellos, diría más acerca de la personalidad de Pasolini, que de su propio tiempo.

Mientras todos estaban contentos con los avances del estado del bienestar y fueron seducidos con mayo de 1968, no entendían que Pasolini no estaba alertando de los riesgos de la vuelta del fascismo histórico de Mussolini. Se trataba, de hecho, de una mutación del fascismo histórico, cuya génesis era lo que el estado del bienestar escondía en su interior, una de las razones de su expansión: el consumismo. De hecho, el estado de bienestar al crear una nueva salida de los beneficios de la ciudadanía de la social democracia, también ensayaba un nuevo modelo de hombre y mujer: el consumidor.Hoy en día, con el regreso del populismo de derecha en todas partes y su llegada al poder en algunos países, los ambientes intelectuales no pueden diagnosticar con precisión este fenómeno que aparece dramáticamente como algo inesperado. Se mueven para dar fe de su existencia, pero tratando de entenderlo según el parámetro del fascismo histórico. De esta forma, dejan escapar los nuevos elementos y las nuevas determinaciones. Ciertamente la historia del fascismo no puede ser olvidada, porque es el modelo más acabado de un estado fascista, institucionalmente hablando.Ocurre, que como ha señalado Pasolini, el nuevo fascismo no sería, en primer lugar, institucional, si no más bien una nueva forma de vida, y por lo tanto más difícil de abordar. Siendo, ante todo, una forma de vida, que esconde en su interior una nueva lógica de poder, más arraigada en las personas que en instituciones oficialmente declaradas. Por lo tanto, Pasolini se refería a una nueva forma de poder anárquico, sin centro específico y sin una estética que supuestamente expresase una identidad homogénea, al contrario de lo que había sido el fascismo histórico.

La negación de la diferencia no se haría por la fuerza bruta. Ocurre por la no aceptación de cualquier forma de vida individual o social que no pueda ser transformada en mercancía apta para el consumo. Como era necesario acompañar el aumento del consumo en la producción, el nuevo ciudadano del estado de bienestar debía ser conducido cada vez más a la mercantilización de la vida.

Por esta razón durante las revueltas de mayo del 68 en Europa, Pasolini ya denunció sus límites y el secuestro del espíritu de la rebelión por el mercado. La propia rebelión perdía su valentía política y se convertía en una marca, en un eslógan. Las nuevas formas de comportamiento, cuanto más nuevas puedan parecer, más aptas serán para un consumo que ya proyecta de sí mismo la imagen de única novedad posible. Este nuevo fascismo, que al parecer sólo Pasolini podía ver, siguió las huellas del fascismo histórico, porque estableció un nuevo lenguaje, pobremente denotativo, como se materializaba en los discursos de Mussolini.

Así, el nuevo fascismo traía consigo un signo nuevo, en palabras de Pasolini, que impedía diferenciar, en Europa, a un joven de las clases populares ya un joven burgués. Los dos hablaban de la misma manera, gesticulaban del mismo modo: el campo de la expresividad se había convertido en algo único. Deshaciendo de este modo cualquier referencia a las diferencias entre clases sociales. ¿Y acaso no era el sueño del facismo el producir una especie de sociedad radicalmente homogénea?No parece ser mera coincidencia que hoy en día los gestos y el lenguaje de la extrema derecha generen tantas adhesiones en las redes sociales. También siendo poco denotativo, el lenguaje de las redes sociales ha llevado al consumo a su punto máximo: ya no se consumen cosas, pueden consumirse personas. La transformación de la subjetividad en algoritmos impone un nuevo padrón de homogeneidad.

Quienes ya no hablan el lenguaje de las redes, incluso fuera de ellas, tienden a desaparecer, porque el lenguaje del consumo inmediato permanece. No es pura casualidad que los políticos de extrema derecha hablen como si fueran youtubers. ¿Trump no hace discursos como si estuviera en Twitter? Este nuevo lenguaje presupone adhesión entre los hablantes, por lo tanto supone que los hablantes se identifican apenas como consumidores.Tampoco es mera coincidencia que a la actual situación de Brasil haya sido precedida por una ascensión y crisis de las clases populares respecto al consumo. La clase obrera, falsamente identificada como nueva clase media, pasó a verse a sí misma como consumidor, más que como cualquier otra identidad. El mismo movimiento se dio en los países europeos más afectados por la crisis económica de 2008.Los antiguos consumidores expulsados de los patrones de consumo no vuelven más, como antes, a partidos laboristas o a partidos de centro-izquierda, porque estos eran los principales garantizadores de la social democracia y el estado de bienestar. No se ven más como trabajadores expropiados, sino como consumidores que no pueden consumir. La afirmación de la identidad de clase se perdió. Por eso en el caso de Brasil, no parece contradictorio un discurso que promete el regreso de empleos a través de una agenda neoliberal extrema que al mismo tiempo elimine derechos de los trabajadores.Si el fascismo histórico estaba atravesado por la idea de un aparato estatal grande y fuerte, el nuevo fascismo se adhiere al Estado mínimo precisamente por no tratarse más de instituciones, que de formas de vida que se consumen a sí mismas. De ahí la adhesión del discurso de la meritocracia que crea la imagen de la sociedad como un grupo grande de individuos en eterna competencia. Incapaces de generar cualquier forma de solidaridad social, esta noción consumista e individualista alimenta discursos con culto a la fuerza, porque la violencia ya interiorizada por los individuos que compiten entre sí se convierte en algo natural.

No por otra razón Pasolini señaló que el nuevo fascismo era mucho más perverso que el fascismo histórico. "Todos estamos en peligro", dijo, dirigiéndose no tanto a sus contemporáneos, como a nosotros, 40 años después de su asesinato. Tenemos que derrotar al fascismo porque estamos todos en riesgo. No se trata únicamente de la resistencia y triunfos electorales contra las fuerzas políticas que encarnan el nuevo fascismo, si no de crear una nueva forma de vida. Después de todo, no puede olvidarse que la democracia no es una simple forma de gobierno, sino una forma de vida: tal vez la única que puede decirse verdaderamente vida.

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