El sueño americano de Donald Trump

El sueño americano de Donald Trump

Blog POR Francisco Martínez Hoyos

En mitad de la pasada campaña electoral norteamericana, Donald Trump, acosado por sus detractores, parecía protagonizar un empecinamiento irracional. ¿Por qué no renunciaba a la candidatura si todo parecía conjurarse en su contra? En realidad, el magnate sólo aplicaba su filosofía de vida, la que explica en Nunca tires la toalla (Gestion 2000, 2016). El título en inglés de este libro de autoayuda en aún más expresivo: Trump never give up (Trump nunca se rinde). En la larga tradición del denominado “pensamiento positivo”, el flamante presidente de la primera superpotencia hace una apología del “si quieres, puedes”, el fundamento de esa construcción mítica denominada “sueño americano”.

América sería la tierra de las oportunidades por más que los datos empíricos desmientan ese cuento idílico, tal como señaló Barbara Ehrenreich en Sonríe o muere, su formidable alegato contra la enfermedad del optimismo obligatorio: “El ascensor entre clases sociales funciona mucho menos en Estados Unidos que en países como Alemania, Canadá, Finlandia, Francia, Suecia, Noruega o Dinamarca”.

La fuerza de voluntad y el trabajo duro serían las claves para el éxito, como si la vida fuera una carrera en la que todos partiéramos del mismo lugar en la línea de salida. La cosmovisión trumpiana se acerca mucho al darwinismo social, por aquello de la supervivencia de los más aptos. La forma en que termina el apartado introductorio de Nunca tires la toalla resulta sintomática del resto: “Nos vemos en el círculo de los ganadores”.

Se le puede presentar como una bestia analfabeta si se quiere, aunque denigrarle así deja mal, sobre todo, a ese partido demócrata incapaz de derrotarle. Pero denunciar el peligro que representa no debería ser incompatible con reconocer sus puntos fuertes. No hay duda, sobre todo, de que es un comunicador hábil. Sabe dirigirse al lector como si le hablara de tú a tú, dentro de un tono de complicidad que, por lo que parece, le rinde buenos dividendos. Él se propone como ejemplo a seguir porque, a lo largo de su carrera, habría sabido convertir todos los malos momentos en oportunidades.

Superó, así, crisis devastadoras como la de principios de los noventa, que le llevó a estar en el libro Guiness de los records como protagonista del mayor descalabro de la Historia. Estos antecedentes deberían bastar, en teoría, para desconfiar de su capacidad de gestión al frente de la Casa Blanca. Pero es probable que muchos electores hicieran una lectura opuesta: el candidato republicano tenía lo que había que tener para levantarse y pelear cuando todos le daban por noqueado, hasta el punto de convertirse en un hombre más rico que antes de que empezaran los contratiempos.

La negativa a admitir una derrota sería la clave para convertir lo imposible en posible. Este no es el lenguaje de un pragmático sino el de un radical. Marta Harnecker, la pensadora marxista, definía la política en los mismos términos. Ella y Trump difieren en sus postulados ideológicos, pero no son tan distintos al basar su discurso en lo que Gramsci hubiera llamado “el optimismo de la voluntad”. De hecho, uno y otra parten de premisas mesiánicas. En un mundo cada vez más hostil, el multimillonario americano se presenta como el portador de la llama de la esperanza. No importa que caigamos vencidos porque el fracaso nunca es permanente.

No nos encontramos ante un discurso racional sino ante una apelación a la emoción, propia de alguien que actúa más con las vísceras que con el cerebro. Su insistencia en la necesidad de hacer lo que sea, pero hacerlo con pasión, es constante. No hay que fijarse mucho para percibir su ego descomunal, pero ese es un rasgo, por así decirlo, de marca. Una de sus recetas consiste precisamente en creer en uno mismo y proclamarlo ante el mundo. Porque, de lo contrario, si no tienes fe en tu producto, ¿cómo esperas convencer a los demás? Para Trump, alardear es necesario, pero siempre que ofrezcas algo que esté a la par con tu propaganda. Supongamos que este método resulte en el mundo empresarial… ¿Será igualmente eficaz en política exterior, con un enemigo que posea armas nucleares? ¿A dónde se dirigiría el mundo si se repitiera la crisis de los misiles con un líder que interpreta la palabra “no” como un desafío a superar?


Su “libro rojo” capitalista impulsa a ser orgulloso, pero no hasta el punto de caer en la complacencia o perder el sentido del humor. Que Trump sea un payaso no quiere decir que sea idiota: sabe que sus bufonadas le acercan al público. El método se ha revelado eficaz, como cuando protagonizó un anunció en el que salía de un contenedor de basura, donde se había metido para recuperar una tarjeta de crédito. Un joven presencia la escena y exclama: “¡Y yo que pensaba que le iba tan bien!”.

Confianza… Y agresividad. Un capítulo de Nunca tires la toalla se titula, no por casualidad, “Cuando te ataquen, devuelve el golpe”. Todas las señales indican que el actual presidente de Estados Unidos debe ser un enemigo temible. Cuando alguien se atreve a plantarle cara, su reacción es tratar de aplastarle. En cierta ocasión, en respuesta a un libro que no le había tratado como él creía merecer, escribió una carta al New York Times en la que se mofaba del talento literario del autor, al que retrataba como un escribidor de tercera, un auténtico pobre diablo.

Hay que vencer. Y legitimar la victoria. El ganador, para Trump, es una figura moral. Llega a la cumbre gracias al esfuerzo constante. En cambio, identifica al fracasado con alguien sin la suficiente integridad. Nada de esto es nuevo: hay que retrotraerse a la vieja ética calvinista que imagina al triunfador como un elegido de Dios. El perdedor, en cambio, recibe el justo castigo por sus faltas.


El problema de tanto pensamiento positivo, que ni es pensamiento ni es positivo, no es más que el empacho que produce una de las falacias más extendidas de nuestro tiempo. Se trata de una especie de iglesia, con sus propios gurús, empeñados en vender como ciencia lo que no es una opción ideológica, la propia de tiempos de individualismo extremo. Sus promesas de felicidad solo producen más frustración: la vida muestra todos los días que los que se esfuerzan, a manera de gladiadores, también fracasan.


No todo el mundo puede ser Mario Vargas Llosa, Luciano Pavarotti o Pablo Picasso. Por cada genio que logra alcanzar la cumbre, hay miles de juguetes rotos que se quedan por el camino. La gente, por desgracia, no suele darse cuenta de cuando los números no cuadran. Por eso la mayoría de norteamericanos espera ganar más que la media por más que sea matemáticamente imposible que todos cumplan esa aspiración.

En Estados Unidos, como en todas partes, a los multimillonarios les gusta pensar que están donde están por sus méritos personales, no porque se aprovechan de un sistema injusto que produce exclusión y más exclusión. No tires la toalla, como tanta subliteratura de su género, responsabiliza a las víctimas del sistema de su propia desgracia. Si estás abajo es porque no has luchado lo suficiente, porque eres lo peor que se puede ser: un perdedor. Pero todavía se puede estar un peldaño más bajo respecto a este abismo: alguien incluso más nocivo es un perdedor que protesta. Por eso, el actual inquilino de la Casa Blanca nos advierte de que huyamos de los quejicas. Son gente tóxica que se regodea con los problemas en lugar de buscar soluciones. Para Trump, debe ser inconcebible que tanta gente se empeñe en ser pobre cuando podrían atraer el dinero sólo con desearlo.

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