Dossier Pasolini. Hacer del mundo lumbre (IV)

Dossier Pasolini. Hacer del mundo lumbre (IV)

Blog POR Mario Colleoni

No es la historia la que hace que los hombres del pasado sean grandes y memorables, sino los hombres grandes y memorables los que impiden a la historia que ésta los olvide y, en cierto modo, es por ellos que vive. A pesar de todo, el mundo es un trasiego de promesas incumplidas en el que rara vez hallamos satisfacción. Y aunque todavía contamos con un puñado de libros con los que desmontar este engrudo existencial al que generalmente llamamos “vida” sin avergonzarnos, los muertos, algunos de los cuales en su día no prestamos atención por desdén, prejuicio, remordimiento o triste envidia, hoy se elevan por encima de la historia y del tiempo como torres medievales postradas (así los muertos como algunos vivos) en mitad de un páramo desierto, ajadas pero majestuosas. Nosotros, autores materiales de un crimen con nombre de inocencia, seguimos oyendo sin escuchar. Pasolini es —sin el tal vez— uno de esos muertos. Por eso era necesario hablar sobre su permanencia en el presente, su legado, su vigencia, sus últimas palabras, porque en ellas anida el rayo insaciable del futuro y la lúcida promesa de la desesperanza. Ahí está todo. Un testamento reptiliano que podría resumirse de muchas formas, pero sobre todo a través de dos obras: Salò Petróleo.

De la primera, entendida como el ensayo escatológico —el último— de un ser humano desesperado por hacerle comprender a los suyos cómo es la auténtica realidad en que viven, brota una rabia desaforada e incontrolable. La crítica lo acusó de provocación porque lo consideraba un ejercicio abominable (él se encargó de subrayar en las últimas entrevistas el derecho al escándalo y a ser escandalizado), sin embargo el tono de la película asumió desde el principio su carácter contradictorio. Si antes era la piedad y la compasión el eje gravitacional de toda su obra, ahora es el consabido remordimiento de que ya nada puede cambiar lo que impregna su entera visión de la vida. Este sentimiento no menos irascible provoca naturalmente lo que vemos en Salò, una galería de la indignidad y el horror humanos, la completa ausencia de historia, el desarraigo y la carencia identitaria de no saber ya quienes somos ni a quién nos dirigimos. Petróleo, por otro lado, es la interpretación literaria del mismo sentimiento, es decir, el grito desgarrado (a conciencia) fruto del ansia por querer desvelar la corrupción en el mundo partiendo de Italia.

El origen de la ardua investigación que Pasolini llevó a cabo sobre la industria petrolera comenzó con el hallazgo de un texto llamado “La mia patria si chiama multinazionale” (Mi patria se llama multinacional), un discurso pronunciado en 1972 en la Academia Militar de Módena por un tal Eugenio Cefis, un empresario friulano de éxito —de la misma edad que Pasolini— que entonces presidía la compañía Montedison, un lobby financiero tentacular y monstruoso que se encargaba de varias industrias como la química, la farmacéutica, la metalúrgica o la energética, y que al parecer también estuvo detrás de la muerte de Enrico Mattei (presidente del ENI, Corporación Nacional de Hidrocarburos) y del asesinato, en misteriosas circunstancias, del periodista Mauro di Mauro, que por entonces indagaba sobre el fallecimiento de aquel. Todo era de película. En una entrevista no muy lejana, David Grieco zanjaba el asunto de Petróleo afirmando que fue el descubrimiento por parte de Pasolini de la logia masónica Propaganda Due (P2), una oscura organización granada por un sinfín de personalidades influyentes del mundo ejecutivo y empresarial, entre ellas el propio Cefis (auspiciado éste por Licio Gelli, un camisa negra de Mussolini a la vez que militante de Falange Española y defensor del proyecto franquista), y que fue el centro de la diana política en la Italia de los “años de plomo”. Aunque siempre ha arrastrado el estigma criminal de la sospecha, la logia se disolvió a comienzos de los años ochenta; sin embargo, el caso sigue hoy sin resolver. Pasolini, de nuevo, volvió a adelantarse a todos.

Por eso… ¿qué pasaría ahora si dijera que fue su narcisismo el que comenzó a cavar su tumba? Porque alguien que quiere desvelar algo trascendente, a sabiendas del riesgo que eso entraña, sobre todo si hablamos, como es el caso, del negocio más especulativo y lucrativo del mundo, y además jactándose de ello, no puede ser tomado más que por un suicida. En este sentido, aceptaría de buen grado que me llamaran loco si dijese que para desmontar el negocio del petróleo, Pasolini hubiera podido sortear el asesinato cuarenta y tres años atrás si hubiera actuado en silencio y sin aspavientos mediáticos. Pero esto sólo es una suposición. Los hechos, en cambio, no necesitan retórica.

Mirad un segundo a vuestro alrededor y deteneos un momento. Observad con atención, pero no lo hagáis por mí, sino por Simone Weil, que decía que “Amar es estar atento”. Decidme. ¿Qué es lo que veis? Yo veo una masa humilde y superviviente que busca la felicidad con miedo hacia el futuro porque ha perdido su pasado. Una masa que consume sin saber por qué consume y además se siente feliz haciéndolo. Una masa informe de personas que desconoce sus verdaderas necesidades. Una masa indefinida —pero muy determinada— con la que hacer grandes sumas de dinero a través de la manipulación televisiva. Masa. También veo una sociedad complacida y complaciente con todo lo que se le ofrece en el escaparate único del presente. Una sociedad acomplejada por la dictadura de la cosmética y unos cánones estéticos de dimensiones industriales, frustrada por la irrepresentabilidad, la impasividad y la impotencia ante el hecho político. Una sociedad encandilada por su propia idiotización. Sociedad. Y también un mundo donde ya no importa la verdad, sino vender sensaciones, experiencias y viajes a lugares que nunca nadie decide conocer por voluntad —o necesidad— propia. Un mundo que busca globalizarlo todo para que no nos sintamos extraños fuera de casa, cuando en realidad lo que está consiguiendo es el efecto contrario: no sentirnos parte de nada. Un mundo —el industrial— que lo uniformiza todo y que sólo persigue absorber hasta la última moneda de una clase social desarraigada y sin raíces. Mundo. ¿No lo veis? Pasolini lo predijo todo hace medio siglo y nosotros, bueno, nosotros seguimos con la casa sin barrer.

Yo sé, porque también lo veo y lo vivo, que para muchos la máxima preocupación en la vida pasa por garantizar el “bienestar” de su familia, proteger a los suyos o pagar sus facturas. De algún modo tendremos que vivir aunque tampoco hayamos elegido hacerlo. Yo, que soy un energúmeno, siento que hemos perdido el sentido de la vida en algún oscuro recoveco de este sistema alienante y productivo en el que confundimos “desarrollo” con “progreso” y donde todo parece tejido de “eufemismos” y nunca de “significados”. De las 8.760 horas que tiene un año, invertimos más de 2.000 en trabajar: 125.000 minutos —parecen pocos— en los que una mayoría elige estar supeditada (en el mejor de los casos) a un “oficio” que merma en potencia su libertad. Y todo eso suponiendo, también en su mejor versión, que tenemos la “fortuna” de tener un trabajo a jornada completa, que a este lado menesteroso del planeta corresponde a 40 horas semanales, las mismas que deberíamos destinar al sueño. El neocapitalismo ha hecho tan bien su trabajo que ahora estamos obligados a sentir vergüenza de nosotros mismos si no damos antes las gracias por ser esclavos. Hemos perdido el centro de gravedad de nuestra naturaleza, las raíces, lo que hace que pertenezcamos a una familia y no a otra, lo que hace que seamos nosotros y no otros, o viceversa, y lo que al fin y al cabo es lo que nos diferencia del resto, que no es más que la “realidad particular” de la que hablaba Pasolini. El feminismo actual, con sus mil testuces, no ayuda a lo contrario, pues no hemos perdido la fuerza para luchar, sino la dirección común a la que deberíamos dirigirnos. Tal vez hay que decirlo con furia: mientras exista la globalización —y aquí la palabra esperanza sólo es un producto de marketing— no podrá existir la vida, pues todo acaba siendo un simulacro como el que vemos en el escaparate de unos grandes almacenes, en una revista de tendencias, en un restaurante hipster o en un anuncio publicitario de moda. Vida sin ser vida, sin ser nada. Y de ello vivimos, creyendo vivir. Pero la vida no es un titular de prensa, ni un escándalo político, ni una mujer sexualizada en la página de una revista, ni un modelo semidesnudo que anuncia un perfume tumbado en una cama redonda, ni tampoco un café en cuya espuma se ensaya un corazón estúpido. Hay que decirlo todavía una vez más: como la verdad o la belleza, la vida está más lejos y más cerca, porque con ella no podemos jugar a maquillarnos la cara, ponernos unas plataformas de diez centímetros para sortear nuestra estatura o posponer el ejercicio de la cordura para el año que viene (un año de dietas disciplinarias que generalmente nunca cumplimos). Mientras que el ejercicio de vivir sólo tiene un tiempo, y éste es ahora, tenemos la sensación de que todo puede ser pospuesto. Por eso yo digo: o paramos esta máquina productiva de la indecencia humana o la única prima de riesgo que no llegará a los telediarios será nuestra extinción sobre la tierra (a la que por cierto estaría encantado de asistir en primera fila sólo por ver arder a los míos, y yo con ellos, en irrepetible hermandad, siendo pasto de las cenizas y de esa segunda verdad del mundo que yo llamo muerte). “Aquí, o se construye Italia o se muere”, dice la tradición que decía Garibaldi. Tal vez haya llegado la hora de hacerse cargo del mundo (al estilo del Fuenteovejuna de Lope).

En una conversación que he tenido con él estos días, Enrique Irazoqui, el actor que encarnaba a Cristo en Il Vangelo secondo Matteo (1964), me explicaba cómo era la vida de Pier Paolo fuera del round mediático de las cámaras, los sinsabores tras su asesinato y las traiciones de las que fue víctima aun después de muerto. Recuerda aquel tiempo en que un grupo de amigos se reunían para buscar la verdad, un tiempo en el que se hacía una película sobre Jesucristo porque era la belleza absoluta, o un tiempo en que se luchaba por el bien absoluto contra el mal absoluto. Esos tiempos no volverán, pero fueron hermosos. Le pregunté entonces por algo que recordara de Pier Paolo, algo inherente a su personalidad, incontrolable, honesto, una constante vital. Su respuesta fue sencilla, hermosísima: “La intensidad”. Y yo me pregunto si los míos reconocen hoy el entusiasmo en las personas anónimas con las que se cruzan día tras día. Quién, dónde, cuándo. Querría saberlo. Vivimos en un estado neurótico sin tiempo para casi nada, sin tiempo para escuchar a quien nos habla, sin tiempo para responder a quien nos pregunta, sin tiempo para corresponder a quien nos ama. Por eso, si me preguntaran qué es el punk, diría que hoy la revolución es detenerse, el régimen pausado de la vida, escuchar Radio Clásica, leer las cartelas de los museos, pensar dos segundos antes de responder, paladear la mirada del otro o sencillamente decir NO ante tanta oferta, tanto producto, tanta opinión y tanta palabrería.

A lo mejor el mundo comenzó a declinar desde el momento en que una persona dijo estar emocionada sin apenas una lágrima en su rostro. Pero yo no quiero ni pretendo instrumentalizar nada ni a nadie; lo que estoy diciendo, por activa y por pasiva, es que si las palabras tienen algún significado, es el movimiento del alma que las impulsa, y no la boca que las pronuncia, lo que da sentido no sólo a las palabras, sino también al género humano. Pasolini luchó denodadamente contra esto, insistiendo hasta la exasperación, arriesgando su propia vida frente a un enemigo gigantesco que no tenía cara pero sí presencia. Tal vez aquí la imagen de un David contra Goliath no sería ningún eufemismo, pero como la resistencia nunca fue rentable en términos económicos, nosotros seguimos sordos de información.

Mientras, Finlandia, Alemania, Dinamarca, Francia, Suecia, Grecia, Hungría, Croacia, Letonia, Lituania, Polonia, Italia y España se arrellanan en un mapa de Europa que hoy hiede a ultraderecha. Todos, alarmados, nos preguntamos qué está pasando, qué sucede en el mundo, en qué piensa toda esa gente que concibe, contempla y acoge un mensaje excluyente, racista y disuasorio para garantizar el bienestar en Occidente. Puede que las emociones mal canalizadas sean el motivo por el que las clases medias han acunado esta especie de “extremismo moderado” (lo de moderado lo digo por entrar en los parlamentos y no como los ejércitos cristianos en Constantinopla en 1204). Puede que las blandas izquierdas, de frente a una realidad predatoria, estén obligadas a reinventarse o extinguirse, o que sean directamente responsables de la participación negativa, la abstención o la indiferencia supina de la gente hacia el voto; o puede que también hayan pecado de acríticas, de lastimeras o de vergüenza ajena. Pasolini, que vio cómo una horda infernal de fauces de fuego se aproximaba al umbral de lo humano, le asignó un nombre (lo diré, una vez más, como lo enunciaría William Blake): Consumismo, reconociendo en ello la mutación política y antropológica —Marx la llamó “genocidio” con una lucidez aplastante por dolorosa— que hizo posible que el fascismo cediera el testigo de su desdicha a un vástago mucho más temible que resultó ser su padre, la falsa democracia, o su mejor lubricante, de nuevo el Consumismo. Parecía inconcebible que pudiera pasar, pero algunas profecías tienen nombre propio.

Volviendo al hombre, porque a estas alturas insistir en el profeta sería redundante, hay que recordar que Pasolini, aun siendo aprendiz, siempre fue maestro. Tuvo la audacia (o crueldad) de poner en pantalla a sus amigos, su madre o sus amantes. Así, no veremos muchas más veces actuar en una misma película —Il Vangelo secondo Matteo— a Susanna Colussi, Ninetto Davoli, Natalia Ginzburg, Giorgio Agamben, Rodolfo Wilcock o Enzo Siciliano (que después, por cierto, se convertiría en su biógrafo). Había lugar para todos en la vida de Pier Paolo, incluso para un jovencísimo Bernardo Bertolucci como ayudante de dirección en Accattone. En verdad, su inesperada muerte lo empañó todo, y no faltó quien sostuvo la “normalidad” de aquel asesinato (como lo son todos) inhumano. Un ayudante dijo que en los años 70, pasearse con esa “Alfetta” —un Alfa Romeo GT 2000, deslumbrante, de un gris cromo que parecía pulido en el cielo— en busca de muchachos efébicos por el Pignetto o las borgate romanas, era como estar firmando una declaración de muerte. Y todo un Primer Ministro como Giulio Andreotti llegó a zanjar el asesinato, en directo en la televisión pública, con un lacónico, irreverente y anodino “se lo estaba buscando”.

Sin embargo, ese muchacho nacido en “una ciudad llena de pórticos”, no fue precoz más que en la voluntad. “Un poeta de siete años, como Rimbaud, pero sólo en la vida”. En 1966 dijo que lo más importante de su vida había sido su madre, pero si la sospecha de muerte era sólo eso, una sospecha, fue así hasta que (maldita sea, esta vez sí) se consumó de la peor manera posible. Después existe otro acontecimiento que suele pasar desapercibido. En una carta fechada el 26 de agosto de 1971, apenas seis meses después del aquel embarazoso desencuentro con la revista Tempo, a Pasolini se le viene encima una noticia tan crucial como el despido político del semanario: Ninetto Davoli anuncia su matrimonio. Éstas son las palabras con que Pasolini se dirigió por carta al amigo Volponi: “He perdido el sentido de la vida. Pienso solamente en morirme o cosas parecidas. Todo se me ha venido encima [...] soy incapaz de aceptar esta horrenda realidad que no sólo me arruina el presente, sino que deja un rastro de dolor en estos años que yo creía de felicidad, al menos por la presencia alegre e inalterable de él. Te ruego que no hables de esto con nadie. No quiero que se hable de ello”. Es evidente que este hecho lo arrastró a algo no menos trágico: la resignación erótica.

Pero Pier Paolo fue siempre un hombre de recursos, y aunque discrepase de Dostoievski cuando éste hablaba de la salvación por la belleza, puede decirse que el arte ciertamente lo protegió del dolor. Algo, por cierto, que se omite en todas las representaciones que se hacen de él; sólo la película de Federico Bruno, Pasolini. La verità nascosta (2013), refleja ese rayo continuo que lo atravesaba día y noche, ese afán creativo que no lo dejaba descansar o esa fuerza constante de la que no desperdiciaba ni un sólo minuto. Pintaba, dibujaba, esbozada, manchaba páginas en blanco. Sentía una especie de ingenuo “horror vacui” que lo empujaba a la actividad artística. Fue un artista total, pero no a la manera wagneriana, sino como un artesano que vive postrado ante la maldición de su necesidad.

En algún pasaje de su ingente producción escrita (os he dejado por aquí una pequeña bibliografía), Pasolini afirmaba que la infelicidad no es un crimen menor. El problema es que hoy el sentido de la felicidad también ha mutado. El sistema de vida que llevamos practicando durante los últimos cincuenta años es prácticamente insalvable. Nos hemos acostumbrado al engaño para salir a flote, a pisarle la cabeza al vecino para vivir mejor, a vender cosas innecesarias a gente que no tiene dinero para subsistir, a mentir día y noche para no morir de hambre. Si no hubiéramos perdido de vista al destinatario, nada de lo que sucede hoy tendría sentido; pero como no hemos sido nosotros quienes lo hemos perdido sino otros los que nos han obligado a perderlo, esto nos empuja a sentirnos inocentes de un crimen que, al igual que la infelicidad, tampoco es menor. Ese crimen, basado en la banalidad del mal de la inocencia, es la incapacidad para asumir responsabilidades. El mundo es como es porque, al fin y al cabo, nadie ha asumido su parte de culpabilidad en este embrollo. Lo vemos todos los días en política, cultura e incluso en nuestra cotidianidad. Aunque ellos lo llamen generalmente “trabajo” o “ganarse la vida”, nos han programado para cometer “crímenes”. Crímenes sin importancia, nos inculcan, que no tendrán ninguna repercusión en el futuro de la especie mientras prosigamos con nuestra vida. Pero ¿qué es la vida si para conseguir algo tenemos que cercenar la honestidad que nos hace humanos? Tal vez no estamos capacitados para aguantar el horror en el que hemos participado, tal vez no podamos aguantar tanta verdad, y esa es, tal vez también, la razón de nuestra sinrazón.

Por eso este verano fui al Idroscalo de Ostia, a peregrinar sobre el monumento conmemorativo a Pier Paolo, a preguntarle, a escucharle una vez más. El pulso vital de aquel lugar, antaño un racimo de barracas y chabolas de uralita, y hoy sólo circundado por insectos y mosquitos, es tan emocionante como desolador. Desolador porque arrastra la pátina letal del olvido (apenas uno puede hacerse a la idea de cómo era aquella explanada donde lo mataron), y emocionante porque no hay un ápice de retórica (allí se condensa toda la verdad de la existencia, que no es más que el polvo, la dejadez, el silencio y la desmemoria). Como dice elocuentemente Juanma Agulles en Los límites de la conciencia (Ediciones del Salmón, 2014): “Quizá no decir nada, contemplar en silencio cómo el emperador pasa ante nosotros con su séquito [sabiendo que no lleva ningún traje, que está desnudo], sea la forma de sobrevivir a este tiempo por la que muchos han optado. Pero entonces habrá que preguntarse si vivir así merece la pena”. Pasolini, que creía que la mayor obra de arte era el silencio de un ermitaño que no escribía, se contradijo yendo en contra de sus preceptos. A lo mejor ha llegado el momento de recoger ese testigo y contradecir nuestra forma de vida para alumbrar otra más honesta, más sabia y, sobre todo, más humana.

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