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Irán 1973

Por Jordi Esteva

Por Jordi Esteva

Teherán nos sorprendió por sus proporciones desmesuradas. Era una ciudad gris que se extendía sin fin al pie de los desdibujados montes Elburz, que solo al atardecer recuperaban su relieve. 

​Visité una librería internacional donde compré poemarios de Hafiz, Rumi y Omar Jayyām, que desde entonces se cuentan entre mis favoritos. También La conferencia de los pájaros y el Libro de los Reyes o Shahnameh

​El motor del Land Rover seguía haciendo un ruido extraño y casi no tenía fuerza. Decidimos llevarlo a un concesionario oficial, pues sabíamos que no volveríamos a encontrar otro taller parecido en todo el viaje. El jefe de los mecánicos nos dijo que Franco y el Sha eran la misma jodida mierda: «Fucking shit. Se quitó la dentadura postiza y mirándonos a los ojos afirmó que la policía política del Sha le había arrancado los dientes uno a uno. Dejó caer el mono de mecánico hasta la cintura y nos mostró su espalda con espantosas cicatrices de latigazos y las quemaduras de cigarrillos que le habían apagado en la piel.

​Por culpa de las reparaciones tuvimos que quedarnos una semana entera en Teherán. Sufríamos por Manuel pues no llegaríamos a tiempo a nuestra cita en Kabul. Para colmo, la misma noche en que decidíamos la ruta, en la pequeña Grundig que siempre me acompañaba, oí en la BBC que acababan de deponer al rey de Afganistán y el país, mientras no se calmara la situación, cerraba indefinidamente sus fronteras. Manuel, que ya andaría por Kabul, quedaba a su suerte y nosotros tomaríamos la ruta, muy poco transitada, del desierto del sudeste para entrar en Pakistán por la belicosa región de Baluchistán. Aquella carretera, poco recomendable entonces y también hoy, era la única manera de evitar Afganistán y proseguir nuestro camino hacia la India. No sabíamos que era una de las principales vías de entrada de opio y de heroína procedentes de Afganistán y también del mercado de armas de Peshawar en Pakistán. Para nosotros era tan solo otra carretera en el mapa hacia nuestro auténtico objetivo. Nada podía detenernos.

​La población del campo y de las montañas de Irán aún no había emigrado en masa a los centros urbanos. Abundaban las tribus nómadas que dormían en tiendas de lana tosca. Las ciudades de provincia no tenían entonces los inmensos arrabales de hoy, y de las pequeñas carreteras rurales se entraba directamente en las intrincadas callejuelas. La gente era generosa y hospitalaria.

​Irán era un país de paisajes abiertos y de ciudades espléndidas, como Isfahán, Kashan o Shiraz. Nadie como los persas dominaba la arquitectura del ladrillo, que combinado con los azulejos producía efectos de gran armonía. Hasta viajar a Irán desconocía que el color azul pudiera tener tantas tonalidades. 

​La mezquita Masjed-e Shah de la plaza Naghsh-i Jahan de Isfahán me impactó. Su orientación era muy curiosa porque, para que no desentonara con la arquitectura de la gran plaza, la entrada se construyó paralela a la acera, rompiéndose la necesaria alineación con La Meca, que hubiera ocultado parcialmente la visión de la enorme cúpula. Tras atravesar el pórtico y el posterior corredor de azulejos de siete o más colores, entre los que predominaba el turquesa, se accedía a una maravilla arquitectónica, orientada ya a La Meca, que nos dejó aturdidos por su inmensidad y apabullante belleza. Frente al mihrab, justo debajo del centro de la bellísima cúpula, en un lugar señalado en el suelo por un recuadro de piedra, se producía un efecto acústico asombroso: las palabras se repetían en un eco de hasta doce voces. Un mullah, con los ojos de Sean Connery, vino hacia nosotros para entonar con su voz de tenor, en el recuadro mágico, una emotiva llamada a la oración que nos estremeció. 

​Me sorprendieron las casas palaciegas de las ciudades iraníes, con sus estanques pintados de azul y sus patios con granados, naranjos y cipreses; también las estancias con una multitud de pequeños espejos, casi como mosaicos, en las paredes y en el techo que de noche cobraban mágico fulgor a la luz de las velas. El fluir del agua resonaba en el patio. Imaginaba tiempos pasados, cuando los mercaderes, recostados sobre almohadones de seda, escuchaban bellas improvisaciones del violín persa de púas o kamanche y a los intérpretes, que cantaban a los excelsos poetas persas con una técnica vocal de sorprendentes vibratos creando el efecto de que de su garganta surgían dos voces. 

​En Shiraz, junto a la tumba del poeta Hafez, tuve el placer de escuchar a un hombre aparentemente anodino pero dotado de una voz de gran sensibilidad que, pudoroso, la tornaba en apenas un susurro cuando alguien se le aproximaba. Me acerqué con sigilo y esperé a que volviera a cantar cuando me descubrió. Me oculté tras unos arbustos y así jugamos al gato y al ratón hasta que sonriendo ya no volvió a esconder su bello canto:

Con los rizos al viento, perlado de sudor, riente y ebrio, 

camisa desgarrada, entonando una oda y la copa en la mano, 

los ojos pendencieros, la ironía en los labios,

medianoche, junto a mi lecho se sentó. 

Acercó la cabeza a mi oído y en un tono triste

dijo: «Mi inquieto enamorado, ¿tienes sueño? 

El amante al que ofrecen de noche un vino tal,

¡que adore el vino o en el amor sea pagano! 

​Los jardines eran muy bellos, con pabellones de columnas de madera de cedro abiertos a los estanques y rodeados de terrazas escalonadas de flores y árboles. Entonces yo todavía no era consciente de la gran influencia que aquella refinada cultura tuvo en la arquitectura y en la jardinería de la India de los mogoles. Las pinturas persas eran magníficas, con escenas que representaban a un príncipe escanciando vino en la copa de un joven sobre un fondo de intrincadas formas que parecían inmensas olas convertidas súbitamente en piedra. El paisaje de aquellas miniaturas no era fabulado. Representaba las montañas del Zagros. La influencia china resultaba evidente, como a su vez la pintura persa había influido en el arte chino. Un intercambio mutuo, constante a lo largo de los siglos, fruto sin duda de los contactos de la Ruta de la Seda. Años más tarde, en la provincia china de Dunhuang, que recorrí con Miquel Barceló, me di cuenta de la influencia persa en las pinturas de las cuevas de los ascetas budistas, con ese azul tan intenso que subyugaba al pintor mallorquín. 

​Me impresionó la tumba del rey Ciro, de más de dos mil quinientos años de antigüedad, construida sobre bloques cuadrados de piedra. En su interior, en la época de Alejandro Magno, se hallaba el sarcófago de oro del rey y abundantes joyas que desaparecieron con el pillaje. Durante la invasión árabe, los sasánidas, la dinastía anterior al islam, evitaron su destrucción aduciendo que se trataba de la tumba de la madre de Salomón.

​Naqsh-e Rostam fascinaba con las tumbas cavadas en la roca. Se le llamaba así porque una de las figuras talladas en la piedra recordaba a Rostam, el héroe mítico cuyas hazañas fueron recogidas por Ferdousi en el Shahnameh o Libro de los Reyes, aquella épica de caballerías que yo leía sin parar desde que la encontré en la librería en Teherán. Pero en realidad el relieve representaba el triunfo de Sapor I sobre el emperador romano Valeriano y Filipo el árabe. 

​Llegamos al atardecer, cuando la luz dorada hacía más vivos los relieves. Destacaban cuatro tumbas aqueménidas en forma de cruz. Las de Darío I, Jerjes, Artajerjes y Darío II. En la tumba de Darío I sobrecogía el relieve que representaba al rey, frente al fuego sagrado zoroástrico, con las manos alzadas en señal de adoración al disco alado Farvahar, símbolo del dios Ahura Mazda. 

​Ante la tumba de Jerjes, recordé la batalla de las Termópilas en el 480 a. de C., un acontecimiento que, según contaba el padre Calasanz en la clase de historia, decidió el destino de la civilización, cuando los griegos derrotaron al ejército invasor bárbaro y déspota. Y, sin embargo, aquellos mismos griegos, hijos de los valientes héroes que habían defendido la libertad un siglo y medio después, al mando de Alejandro, se comportaron como verdaderos bárbaros al reducir a cenizas y cascotes las ciudades del imperio persa.

​Muy cerca se elevaba una edificación inquietante, Ka’ba-i Zartosht, conocida como el cubo de Zoroastro, que al parecer había sido un templo del fuego eterno. Nos llamaron la atención sus proporciones, las incisiones rectangulares en la piedra y unas ventanas cegadas en los lados. Hasta hoy ningún arqueólogo ha sabido explicar la función exacta de este monumento que me hizo imaginar sacerdotes de barbas largas alimentando con leña de cedro el fuego sagrado. 

​En aquella época apenas había turismo en Irán y pudimos dormir al aire libre frente a aquellos antiguos monumentos. La luz de la luna que resbalaba sobre los relieves, varias veces milenarios, me hizo soñar. Era la religión antiquísima de los persas. De nuevo recordé al padre Calasanz hablándonos del libro sagrado del Zend Avesta y del zoroastrismo que, junto a la veneración al dios solar de Akenatón, era el primer culto monoteísta. 

​Cuando llegamos a Persépolis todos sentimos un nerviosismo especial. Tras la noche a la luz de la luna frente a las tumbas de los reyes aqueménidas, nos encontrábamos ahora ante los restos de la ciudad que fue la orgullosa capital de su imperio. Nos maravillaron las puertas flanqueadas por enormes toros de inspiración asiria con torso humano, los grifos mitológicos, con la mitad del cuerpo de águila y el resto de león, y también los edificios que seguían la tradición faraónica. Uno podía aventurarse entre las columnas y los templos y admirar en soledad los imponentes bajorrelieves esculpidos en piedra junto a las escalinatas con representantes de todos los pueblos de Persia, fornidos hombres de grandes ojos y pobladas barbas que rendían honores a Darío I y a su sucesor Jerjes I.

Viajando por el desierto de Irán me asombraban los edificios fortificados de adobe que se hallaban desmoronados. Eran las ruinas de los caravasares. Grandes construcciones de dos plantas con un gran patio interior en el que descansaban los camellos, alrededor del cual se alineaban los almacenes de mercancías de la Ruta de la Seda. En la planta superior se alojaban los mercaderes. Todo Irán estaba lleno de sus ruinas y años más tarde algunos caravasares serían restaurados. 

​Me cautivaron las callejuelas intrincadas y los sinuosos y enormes bazares, como el de Kerman, que se extendía durante kilómetros. La misteriosa Yazd, con sus torres del viento, ingeniosos hallazgos arquitectónicos que captaban el aire del desierto y lo enfriaban al hacerlo pasar por el subsuelo o por un estanque, proporcionando a las viviendas frescor natural. En aquella ciudad todavía vivían los antiguos seguidores de Zoroastro, muchos de los cuales, los llamados parsis, huyeron a la India tras la invasión islámica, estableciéndose en Bombay. En las cercanías pudimos ver el templo del fuego en Chak Chak, donde la princesa sasánida Nikbanou se refugió de los invasores árabes que la perseguían y solicitó ayuda a Ahura Mazda, el dios zoroástrico. La montaña se abrió en dos y la princesa se internó en la roca, que se cerró tras ella. De las paredes brotó un hilillo de agua que la leyenda asegura que son sus lágrimas. El ruido de la gota al caer, chakchakchak, dio nombre a la cueva en cuyo interior ardía el fuego eterno que simboliza al dios zoroástrico.

​En las afueras de Yazd, las Torres del Silencio se elevaban sobre dos colinas. Eran grandes construcciones circulares con una fosa en el interior donde colocaban a los muertos para que fueran despedazados y devorados por los buitres. Los cuerpos humanos no podían entrar en contacto con ninguno de los cuatro elementos sagrados: tierra, agua, aire y fuego.

​Entre el laberinto de callejuelas que conducían al largo bazar abovedado de Yazd sobresalían los alminares y las bóvedas de los baños persas. Un haz de luz se abría paso entre el denso vapor que permitía adivinar a un grupo de hombres fornidos, apenas cubiertos por una tela empapada, arrojándose, unos a otros, cubos de agua fría como en una película de Paradjanov. Por sus caras angulosas y la nariz recta, de amplias aletas, me parecieron dignos herederos de los sacerdotes de las escalinatas de Persépolis que habíamos admirado hacía muy poco. Cuando cesaron en sus juegos, se tendieron sobre el mármol caliente gruñendo de satisfacción mientras el masajista les enjabonaba y frotaba con un gran estropajo, dejando al descubierto durante largos segundos sus nalgas firmes y velludas.

​De noche, bajo una lluvia de estrellas, durmiendo al raso al pie de un solitario chopo a la orilla de un arroyo, fantaseaba con las promesas que creí adivinar en las miradas que, entre el vapor, fingí ignorar.

En la librería de Teherán había hojeado un libro con viejas e impactantes fotografías de la ciudadela de Bam, en la provincia de Kermán, la mayor ciudad del mundo construida en adobe, cuyos orígenes se remontan al siglo vi a. de C. No entraba en nuestros planes visitarla porque se hallaba lejos de todo, pero al escoger finalmente la ruta del sur decidimos que valía la pena acercarnos. Llegamos ante una muralla que se extendía por kilómetros dejando adivinar las construcciones más altas. Recorrimos parte del perímetro de la antigua ciudadela hasta llegar ante un portón de madera cerrado a cal y canto. Unos campesinos nos acompañaron a buscar al guardián. Nos obsequiaron con albaricoques y té. Era la primera de las muchas invitaciones que recibiríamos en aquella región. Hasta entonces, con nuestras prisas por llegar a la India, apenas habíamos dedicado tiempo a disfrutar de aquellos lugares. En la zona este de Turquía nos habían recibido a pedradas y estábamos cruzando demasiado rápidamente Irán. Nos dejaron la gran llave, con el compromiso de devolverla antes del anochecer.

​Cuando Paco empujó la pesada puerta, fue como penetrar en un mundo de cuento. Encerrada entre altos muros se extendían a nuestros pies las ruinas de una gran ciudad de adobe, con sus callejuelas, palacios y mezquitas, incendiada por los afganos a finales del siglo xix y deshabitada desde entonces. Bam fue una importante etapa de la Ruta de la Seda. Ferdousi cuenta en su libro que una princesa que hilaba algodón descubrió un gusano en la manzana que estaba mordisqueando. No lo quiso matar y, al cabo de un tiempo, vio sorprendida cómo tejía un capullo de seda. Admirado por el descubrimiento, su padre ordenó amurallar la población para guardar el secreto del origen de las maravillosas telas que con el tiempo se comenzaron a disputar los mercaderes.

​Al igual que las demás poblaciones del sur de Irán, Bam contaba con las llamadas torres de viento para refrescar el interior de las viviendas. Quedamos en silencio, aturdidos por tanta belleza. Algo debió de ocurrirnos porque comenzamos a caminar en diferentes direcciones, perdiéndonos en el laberinto dorado donde el viento ululaba sin descanso, acompañado del graznido de los cuervos bajo uno de los cielos más azules que jamás había visto. 

​Muchos edificios estaban derruidos, pero en otros se podía entrar y curiosear en las estancias. Yo entornaba entonces los ojos y me entretenía en adivinar las telas y almohadones que en su día decoraron las salas, y las jarras y vasijas en las alacenas adornadas de arabescos. 

​La ciudad entera parecía encantada y yo tenía la sensación de que en cualquier momento podía retornar a la vida y oírse el cacareo de las gallinas, el chapoteo de un cubo en el pozo o el maullido de los gatos mientras el humo azulado de las cocinas ascendía hacia el cielo y una bulliciosa muchedumbre, tocada con turbantes o parapetada tras mantos de colores, invadía las callejuelas. En ese lugar olvidado, aunque nunca he sido ágil, me movía casi como un funambulista saltando de viga en viga por las azoteas desmoronadas sin temor a la altura. Esa sensación de penetrar en un lugar mágico y prohibido la sentiría después en otros lugares. ¿Sería así Zarzura, el oasis perdido en el desierto líbico? ¿O Ubar, la orgullosa ciudad sepultada por la arena del «Cuadrante vacío»? 

​En el desierto, envuelto en luz cegadora, cuando los contornos se desdibujaban y todo llevaba casi al desvanecimiento, me parecía estar a punto de abandonar el estado de vigilia. Tiempo y espacio parecían confundirse y no parecía imposible lo extraordinario. Imaginaba la llegada de las caravanas de camellos a los caravasares ante la curiosidad de los habitantes por ver las valiosas mercancías de los lugares más alejados de la Ruta de la Seda. Acudían jóvenes para ayudar a descargar los camellos y guardar los artículos lujosos en los almacenes. Porcelanas y sedas de China, gemas o especias de la India se intercambiaban por alfombras de Asia Central, artículos de cuero, oro y sal, o por marfiles, plumas y pieles de animales salvajes traídos de África por los árabes del mar. Tras la cena, los mercaderes cerraban tratos comerciales mientras músicos y bailarinas los deleitaban.

​Bam sería un hervidero de pueblos. Afganos con rasgos achinados, hombres negros de ojos claros, esclavos rubios del Cáucaso, árabes de nariz prominente y ojos almendrados. Todos con sus vestimentas, chilabas o caftanes y los distintos turbantes. Una nube de color entre las callejuelas del zoco y, de vez en cuando, como si fueran sombras, las mujeres cubiertas de negro de pies a cabeza que salían de un portal para meterse en otro.

​Los hombres se reponían de las duras jornadas del viaje en los hammam, donde los criados les frotaban la espalda, o bebiendo vino al cobijo de una parra. Algunas ancianas gozaban de prestigio, fumaban la pipa de agua y aconsejaban a sus maridos. La primera mujer de los comerciantes ejercía su tiranía sobre las otras tres con las que ellos podían desposarse, según el islam. En el hogar, donde a menudo convivían todas aquellas esposas, se entablaba una encarnizada lucha por el poder que se dirimía en un coto vedado a los hombres. Para aliviar la fogosidad de los viajeros, a veces se casaban por horas. Era el llamado mutaaun tipo de contrato matrimonial que escondía la prostitución encubierta. Así eran aquellos territorios del islam.

Vagué por la ciudad encantada hasta vislumbrar a un joven con el pecho descubierto y tocado con un turbante. Sentí un estremecimiento, cerré los ojos durante unos largos segundos y, al abrirlos de nuevo, la figura seguía ante mí. Tras el aturdimiento inicial, distinguí a contraluz el rostro de Paco, que se había protegido la cabeza con la camiseta. Sonreímos embobados. Sus pupilas estaban tan dilatadas como las de un gato en la oscuridad. Habría jurado que iba en ácido.​

Fragmento de El impulso nómada (Galaxia Gutemberg, 2021)


Bibliografía interesante de cultura persa.

Un poeta y dos libros.


El gran poeta Hafiz de Shiraz


El lenguaje de los pájaros — Farid al-Din Attar

Una de las obras cumbres de la literatura sufí persa, escrita por el poeta Farid al-Din Attar en el siglo XII. 

La trama Treinta mil pájaros emprenden un viaje épico guiados por la abubilla para encontrar a su rey, el Simurgh. El viaje es una alegoría del camino espiritual del alma hacia la unión con la divinidad. Al final, los pájaros descubren que ellos mismos son el Simurgh (un juego de palabras en persa: si murgh significa «treinta pájaros»).


Muerte en Persia — Annemarie Schwarzenbach (1936)

Editorial Minúscula

Considerada la obra maestra de la escritora, periodista y fotógrafa suiza Annemarie Schwarzenbach. Se trata de un relato inclasificable que la propia autora definió como un «diario impersonal», hibridando la crónica de viajes, la autobiografía y la ficción. Editado por Editorial Minúscula.

Claves del libro

Contexto y origen El texto nació de las notas tomadas durante su tercer viaje a Irán en 1935. En ese momento, Schwarzenbach intentaba escapar de sus «demonios personales», que incluían una relación atormentada con su madre y su adicción a las drogas. Los desiertos y valles solitarios de Persia no son solo escenarios geográficos, sino un reflejo de su angustia existencial, soledad y búsqueda infructuosa de la felicidad. La obra explora la vulnerabilidad, el aislamiento y una melancolía profunda a través del paisaje. Destaca también una breve e intensa historia de amor con la hija del embajador turco en Teherán, una joven enferma llamada Yalé.

Una voz narrativa desesperada y una sinceridad implacable, convierten el viaje exterior por Oriente en un crudo viaje interior. 

Annemarie Schwarzenbach fue una figura icónica de la bohemia de entreguerras, conocida por su belleza andrógina y su férreo compromiso antifascista. Amiga íntima de los hermanos Erika y Klaus Mann, recorrió el mundo como reportera antes de su temprana muerte a los 34 años, tras un accidente de bicicleta. 

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