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#spanishrevolution. El retorno de La fuerza sin nombre.

Viernes, 19 Mayo 2017 08:41

«Para evitar que ganen los que me dan miedo, llevo toda la vida votando a partidos que me dan asco. Esta vez no lo pienso hacer». No lo digo yo, lo dijo el otro día alguien por Twitter. Un chico que nunca conoceré. Alguien poseído por La fuerza sin nombre.

Hace siete años, el 13 de marzo de 2004, acudí a la sede del PP para manifestarme contra la guerra de Irak y sus consecuencias, el atentado de Madrid entre otras. Nadie había organizado aquella manifestación, recibí el llamamiento por sms y por correo electrónico, y tampoco conoceré nunca a quienes me lo enviaron.

Aquella fue la primera ocasión en la que sentí el poder de La fuerza sin nombre. Nunca antes había sido convocado por algo así. Hasta entonces, si acudía a un evento cualquiera, una manifestación, un concierto, una fiesta, era porque alguien se había tomado la molestia de prepararlo, y después me lo ofrecía. Nada que ver con lo que pasó el 13-M. Aquél día, nadie preparó nada. Las miles de personas que salimos a la calle, lo hicimos sin saber a dónde íbamos. Respondimos a un llamamiento que surgía de la nada o, mejor dicho, que surgía del descontento general, que es parecido a la nada, pero no es lo mismo. El 13-M nació sin nombre ni apellido; sin marca, ni signos distintivos; sin organización. Para mi, todo lo que rodeó a aquel acontecimiento, significó una gran novedad, como cuando pruebas una droga desconocida. Es cierto que lo había pensado alguna vez, que las nuevas tecnologías estaban produciendo otra comunicación, y que pronto surgirían comportamientos sociales inesperados. Pero no fue hasta ese día cuando lo experimenté por vez primera.

Nadie sabía qué nombre ponerle a eso: ¿Multitud inteligente?, ¿Anonimato conectado? Lo que sabíamos es que habíamos sido testigos de una fuerza desconocida; una fuerza que aparecía por sorpresa, ponía todo patas arriba y, acto seguido, desaparecía como había llegado. Una fuerza sin nombre a la que yo llamo La fuerza sin nombre.

Nadie se esperaba una cosa así y, mucho menos, el día de reflexión, cuando apenas faltaban unas horas para ir a votar. Si me lo llegan a decir antes, no me lo hubiese creído, ¿que miles de personas van a desobedecer la ley, y se van a manifestar contra el gobierno durante la jornada de reflexión? Mentira, eso no puede ser. Y, sin embargo, fue.

Mi primera experiencia con La Fuerza sin nombre cambió por completo mi manera de entender la política.

Pasó un tiempo hasta que la volví a sentir; fue cuando lo de Vdevivienda. De nuevo un mail desconocido saltando de buzón en buzón, a lo largo y ancho de internet. En esta ocasión el llamamiento reclamaba el fin de la especulación inmobiliaria y el derecho a una vivienda digna. De nuevo una voz anónima expresando un malestar. Otra vez La fuerza sin nombre -un poco menos desconocida ya- dispuesta a alterar nuestra vida cotidiana. La diferencia con el 13-M fue que, en esta ocasión, La fuerza sin nombre no desapareció tan rápido, y se instaló en nuestras vidas una temporada. Por lo demás, todo igual: nadie ni nada la podía representar, nada salvo aquella frase que, rápidamente, se convirtió en su grito de guerra: «No vas a tener una casa en la puta vida» Una frase que, como todo lo que se desprende de La fuerza sin nombre, rompía con el sentido común de lo que hasta entonces se entendía como política: no ofrecía ninguna esperanza («yes, we can»), ni ningún futuro («por un mañana sin pobreza») y, sin embargo, prendió en el imaginario colectivo como prende la gasolina en el fuego.

Esta segunda experiencia con La fuerza sin nombre me hizo darme cuenta de que no había vuelta atrás. De que la política, tal y como la habíamos entendido hasta entonces, se había quedado obsoleta. De que ya nada de lo de antes nos servía ahora; y de que, a partir de este momento, todas las protestas sociales iban a ser así: anónimas y sin representación.

Y, efectivamente, así ha sido.

En estos años hemos visto aparecer a La fuerza sin nombre en muchas ocasiones y en muchos sitios distintos: Egipto, Túnez, Libia… La última vez que ha asomado la cabeza, lo ha hecho de nuevo aquí, en España. Hace apenas unas horas. La hemos llamado #spanishrevolution y de un montón de maneras más, porque La fuerza sin nombre, en realidad, no tiene nombre, ni falta que le hace. En esta ocasión el llamamiento ha llegado por nuestras redes sociales, las mismas que usamos a diario para charlar con un amigo o para trabajar. Como ya viene siendo costumbre, La fuerza sin nombre ha hecho lo que le ha dado la gana: ha ocupado plazas y calles, se ha vuelto a saltar la ley. Una vez más ha sorteado las trampas de la representación política y ha vuelto a demostrar que nada ni nadie la representa. De hecho, ése ha sido su grito de guerra esta vez: «No nos representan».

Han pasado siete años desde su nacimiento y La fuerza sin nombre no hace más que crecer y crecer. Es aún muy joven, hace poco que anda y todavía le cuesta mantenerse en pie. Seguimos sin saber a dónde se dirige, ni qué será de se su vida. Nació en un mundo que no le comprende, y lo sabe. Algunos dicen que se parece a la democracia, porque a veces vota y se manifiesta. Yo, la verdad, no le encuentro parecido ni a la madre (la democracia), ni al padre (la política); de hecho, el otro día en la acampada le comentaba a un amigo que la política es a La fuerza sin nombre lo mismo que el anillo a los personajes de El Señor de los Anillos: una atracción irresistible que, cuanto más sucumbe a ella, más y más se debilita.

– ¿Crees que algún día La fuerza sin nombre logrará derretir la política en el fuego vivo de lo social, como hacen con el anillo en la película? -Preguntó mi amigo.

-¡Qué sé yo, tío! Eso sólo lo sabe La fuerza sin nombre.

*Continúa leyendo aquí el post scriptum a esta entrada.

 

Leonidas Martín 

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